¿Y a ti que te duele? Le preguntó Dios a un hombre que se encontró por el camino, cuando Jesús, el Hijo del hombre, se retiraba a descansar a un lugar apartado, pues la multitud que lo habÃa seguido permanecÃa en el mismo paraje en atenta espera de su regreso, esto, para seguir escuchando su divina Palabra.
El hombre, agobiado más que por el calor, sÃ, por lo infortunado que consideraba habÃa sido su viaje, pues era su intensión el haberle preguntado al MesÃas cómo podrÃa ayudarle ante una funesta crisis de amor por la que cursaba su familia, misma que amenazaba con fragmentar los lazos de hermandad que los unÃa.
Jesús se compadeció y le dijo: Háblame, te escucho, y el hombre entristecido comentó: Vengo de un hogar donde alguna vez existió la armonÃa y la paz, ayer, cuando mis hermanos fueron ciegos y sordos a los asuntos mundanos, entonces nuestro hogar era un mar en calma, aun cuando aparecÃan algunas tormentas, el cauce del rÃo que alimentaba nuestro mar, nunca rebasó los limites de la cordura, todos hablábamos el mismo idioma y habÃa consuelo, no veÃamos la maldad en ninguno de nosotros, no hablábamos más que de las bondades que sobresalÃan en nuestros actos, más, un dÃa, uno de nosotros abrió los ojos y se dio cuenta de que todos éramos diferentes; otro, de pronto empezó a oÃr y le pareció haber escuchado que el hermano que ya podÃa ver, en base a las diferencias que existÃan, empezó a decir que seguramente no pertenecÃa al mismo lugar y con ello, dejó de hablarle a sus demás hermanos, estos, se percataron de que algo estaba sucediendo, porque ya no existÃa una causa común para sentirse felices, asà es que los demás fueron contagiados por el virus de la discordia y empezaron a presentarse enfrentamientos, y vino la separación de su ánimo, entonces, ya no se veÃan como amigos, sino como rivales, pero no sabÃan qué era lo que motivaba tal divergencia, al preguntarle al que habÃa recuperado la vista dijo: Cuando abrà los ojos me preció ver en mis hermanos a rivales o competidores, mas no sabÃa cuál era la causa de la rivalidad; le preguntaron también al que recuperó el sentido del oÃdo y aseguró que a él le pareció haber escuchado que tuviera cuidado con el resto de mis hermanos, pues bien que disimulaban no ver, ni escuchar y al no haberse sincerado, consideraban que no eran de confianza y el resto de los hermanos ciegos y sordos, se habÃan dejado llevar por la apatÃa y la desesperanza.
Entonces Jesús dijo: Y tú ¿a cuál de tus hermanos te uniste? El hombre respondió: yo sólo desperté y dejé de soñar y me puse a buscar la luz que emana de los corazones que hermanan y te encontré a ti mi Señor, mi Dios, mi todo. El que tenga oÃdos que escuche.
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