Mucho se ha hablado de la propuesta de reforma electoral que viene para 2026 y uno de los puntos que más ruido ha generado es el tema de los diputados y senadores plurinominales.

Esos que no ganan un distrito, que no salen a pedir el voto casa por casa, pero que llegan al Congreso por medio de las famosas listas que arman los partidos según el porcentaje de votos que obtienen. Hoy, de los 500 diputados federales, 200 son plurinominales. Y en el Senado, 32 de 128.

La propuesta que impulsa Morena es reducirlos o eliminarlos, bajo el argumento de austeridad y de que no representan realmente al pueblo porque son designados por las cúpulas partidistas.

Y en eso, hay algo de razón.

Porque todos hemos visto cómo por esas listas llegan personajes por los que nadie votó, que nadie conoce y que muchas veces solo obedecen al dirigente que los puso ahí. Son posiciones que se prestan al “dedazo”, a los favores políticos y sin rendir cuentas a los ciudadanos.

Pero también hay otra cara de la moneda que no se puede ignorar.

Mire, las posiciones plurinominales nacieron en México en 1977 para romper el monopolio del PRI. Gracias a ese mecanismo, la oposición pudo entrar al Congreso, crecer y después lograr la alternancia en el poder. Fue así como llegó a gobernar el PAN en México y ahora Morena, rompiendo con décadas de poder priista

Sin plurinominales, el partido que gane la mayoría de distritos podría quedarse prácticamente con todo el Congreso. Hoy, por ejemplo, Morena y sus aliados podrían alcanzar hasta el 85% de las curules, dejando a la oposición casi sin voz, sin contrapesos y sin debate.

Y eso, en cualquier democracia, es peligroso.

Además, por esta vía han llegado mujeres, indígenas, jóvenes, académicos y perfiles que difícilmente ganarían una elección territorial, pero que enriquecen el debate legislativo.

Entonces el problema no es que existan, sino cómo funcionan. El sistema actual está mal diseñado porque las listas las deciden unos cuantos. No el ciudadano.

Eliminar las plurinominales por completo puede sonar atractivo por el ahorro y por el discurso de que “ahora sí todos serán electos por el pueblo”, pero puede abrir la puerta a una concentración de poder que después sea difícil de equilibrar.

Tal vez la solución no sea borrarlas, sino transformarlas. Que sigan garantizando pluralidad, pero sin que dependan del dedo de los dirigentes.

Recuerde que en política, como todo en esta vida, los extremos son peligrosos y el poder absoluto, peor.

¿No cree usted?

Que Dios los bendiga, gracias.

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