Y si todo se solucionara quedándose quietos, sentados, en una aparente tranquilidad, esperando, dejándose despeinar por la fuerza del viento, sintiendo primero el frío y después el calor en la piel desnuda de nuestro cuerpo, aceptando el beneficio  del ser arropado por los rayos del sol para sentir cómo su energía llega para regular nuestra temperatura y devolvernos con eso la confianza en que no está pasando nada, que todo es un proceso que involucra aspectos biológicos, físicos, metabólicos para mantener el estatus de sobreviviente; y si pudiéramos controlar nuestra mente para exigirle, nos sitúe en una realidad y no en un engañoso e ilusorio contexto virtual controlado por un poder muy alejado del natural entorno que nos fue obsequiado.

Hay un frío que viene de adentro, que congela las ideas, que paraliza el movimiento y estimula el acumulamiento de un peso que discapacita a la humanidad y la condena a marchitarse tempranamente cuando se pierde la esperanza, al quedar expectante, esperando lo inesperado, porque nunca se puede estar seguro de que todo saldrá como se tenía previsto.

Hay personas que no aceptan la realidad como se presenta y no se dejan seducir con promesas y mentiras, pero terminan por adaptarse a un medio hostil, adoptando actitudes mentales como la flexibilidad o la adaptabilidad, tal vez, no para complacer una tendencia de cambio, pero sí por temor a pensar por sí mismos y reconocer en ello, el hecho de que podrían estar ante una verdad inobjetable, que se está ante una realidad fallida, están pues, en un estado de negacionismo para protegerse del dolor o la angustia que genera lo inaceptable; la mente teme más a la realidad inobjetable que a la falsa esperanza.

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