Un día me preguntó un sabio si no estaba arrepentido de haberme casado joven y sin haber tenido la madurez necesaria para entender y comprender a la mujer con la cual habría de pasar el resto de mi vida; sin titubear le respondí que no, que tal vez, en lo que no pensé, fue en el hecho de haber sido egoísta por priorizar mis necesidades y no las de mi cónyuge.

¿Y cuáles eran esas prioridades? dijo el sabio. Sanar de las heridas emocionales recibidas durante mi infancia, le dije ¿Y por qué pensaste que la mujer que sería tu compañera de vida tendría el don de poder sanarte? Continúo preguntando el erudito. Porque de su ser emanaba el bálsamo divino que todo lo cura: El amor; yo conocí de esa medicina a través de mi madre, ella era la única que podía apagar la llama interior desbordada por otros sentimientos que suelen generar incendios que te van consumiendo el alma; mi esposa, hija amorosa de sus padres y hermanos, fue bendecida por Dios para ser una poderosa fuente de amor transformadora capaz de sanar las heridas emocionales, superar dificultades y restaurar el alma; en María Elena encontré consuelo, esperanza y recuperación.

Entonces, ¿en estos momentos podrías asegurar que has sanado? preguntó el sabio. La verdad, le respondí, más que sanar del todo, he madurado y con ello he aprendido a conocerme a mí mismo, por un lado, a entender que si yo dejo florecer la semilla del amor en mi corazón, puedo sanarme a mí mismo, ya que el bálsamo mencionado, igual obra para mi bien en todo proceso que mortifique el alma, y por otro lado, amando a mi prójimo puedo comprenderlo y ayudarlo a sanar.

Si bien es cierto que Dios no selecciona a tu pareja, deja a tu libre albedrío la decisión de elegir a tu compañera de vida, siempre confiando que lo que verdaderamente influye para mantener la solidez de una pareja, es el amor que ambos poseen y cuya semilla fue sembrada por él en el corazón de cada uno de nosotros.

Quien no haya entendido lo que es el amor, no podrá madurar nunca para tomar las mejores decisiones, de tal forma, que vive en la infertilidad de su egoísmo, tierra árida donde no crece más que las frustraciones de no poder  amarse a sí mismo, por alimentar sólo lo que considera un orgullo mancillado, que es fuente de amargura y de rencor, que no solamente lo condena a negarse a sí mismo, sino a negar la existencia de Dios, porque no tiene la capacidad inspiradora de la fe, para perdonarse y personar a los demás.

No existe mujer ni hombre perfecto, no existe matrimonio perfecto, sólo existe la oportunidad de demostrarnos que tenemos la capacidad para madurar y con ello permitir que fluya el amor que todo lo sana.

Me veo en ti y me veo en mis hijos, en mis amados nietos y le doy gracias a Dios por tanta dicha.

 

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