Sí, siempre ha existido. Sí, se da de una forma u otra. Sí, siempre es lo mismo, ¿de qué te asombras? Estas frases, entre otras, que sonaban ayer como una especie de justificación para aceptar con resignación todo aquello que veíamos, escuchábamos, pero sobre todo que sentíamos nos afectaba física y emocionalmente, porque era ya un reflejo de nuestra tibia manera de concebir todas aquellas intervenciones, por no decir agresiones sociales, políticas y económicas que emergían de los organismos que constituían nuestro sistema de gobierno; visión de ayer, cuando apenas empezábamos el ascenso a la montaña del conocimiento de nuestra realidad, se ha radicalizado ahora que subjetivamente nos encontramos en una etapa de transición amorfa de donde surgen cada vez más expresiones populares que reclaman un espacio, no sólo para exigir el cumplimiento de lo básico,  en cuanto a justicia, paz, seguridad, salud, equidad y respeto a los derechos humanos, un espacio, no de representación legislativa, porque a ojos vistos, sólo representan sus intereses y los intereses de la cúpula que aglutinara los descontentos, sino un espacio que garantice su representación y defienda sus derechos, un espacio popular con poder suficiente para transformar el entorno de convivencia para allegarse los beneficios que genera su contribución a un todo, cuya visón  actual centralista, quiere controlar la vida nacional para el cumplimiento de un proyecto que no ha tenido una viabilidad sostenida en otras latitudes, para garantizar la suficiencia y el desarrollo social anhelado.

Entonces se escuchó la alerta sísmica, y la población acostumbrada a tantos eventos catastróficos, no apreció alarmarse, si acaso, algunos salieron de sus casas, de sus centros de trabajo o de los espacios donde se aglutinaba la gente, pero en seguida volvieron a continuar con sus rutinas, tal vez esperando un nuevo evento estabilizador que más que causar destrozos, les devolviera al menos la esperanza para pisar con mayor seguridad por el camino.

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