Cuando fui niño aprendí muy a mi manera lo que significaban las distancias y aunque mis pasos eran cortos, siempre llegaba hasta el lugar donde me proponía, el tardar en llegar nunca me importó, porque sabía que cuando terminara el recorrido me encontraría con la sorpresa de que me estaba esperando la esperanza y ella siempre mantenía viva mi ilusión y el deseo de seguir caminando para alcanzar mis metas; más, habría de  reconocer que entre todo lo que podría anhelar tenía prioridad encontrar el amor, para llenar un supuesto vacío que un día fincó residencia en mi corazón; y es que el amor en un niño no es el resultado de las múltiples oportunidades que ofrece la curiosidad; el amor es la esencia divina totipotencial capaz de crear hasta lo inimaginable.

Cuando fui niño, el amor germinó en mi ser como si se tratara de una semilla implantada en la nada para dar lugar a un todo en la figura de un ser a imagen y semejanza del Creador y dador de vida, y conforme la vida florecía en mi ser, mis raíces buscaron con afán toda fuente divina productora de amor, de ahí que al ver la luz en la parte del universo conocida como tierra, fui tocado por la energía proveniente de otras florecientes semillas a las que conocí como padres, de los cuales recibí, además, múltiples elementos para poder adaptarme a la vida en la tierra.

Cuando llegó el momento de preguntarme quién era, mis progenitores guardaron silencio, acaso mi madre dijo: tú eres el fruto del amor y con el tiempo encontrarás la respuesta a todo aquello que te inquieta; después de escuchar aquello se hizo el silencio nuevamente, y empecé a buscar por mi cuenta las repuestas a todas mis dudas; seguí caminando y surgió una nueva pregunta: ¿qué hago aquí? Nadie pudo contestarla, a todos los que les pregunté me dijeron que ellos aún estaban buscando la respuesta para sí mismos.

Pasaron los años y un buen día sin preguntar encontré la respuesta al asomarme al universo de una mirada de mujer cuya energía estaba integrada en una unidad llamada espíritu, o soplo divino que da vida al cuerpo material y al preguntarle quien era yo, alcanzó a decirme: te estaba esperando, no importa cuánto has caminado, ni el tiempo que has tardado en llegar y ahora sabrás por qué estás aquí.

Desde entonces me he dejado llevar por la fuerza emitida por esa divina energía, he sido hijo, he sido padre, he sido hermano, maestro, y médico de cuerpos y almas.

No importa cuánto tiempo haya pasado desde que iniciaste el camino en la búsqueda del amor.

Ayer el Señor me preguntó: ¿Quién eres? Y estando frente a un alma cuyo sufrimiento ocultaba tras una fingida sonrisa de no pasa nada, me permitió asomarme a su mirada para preguntar a su espíritu por que sufría y él me contestó: no encuentro el camino al amor, y sin titubeo le dije Yo soy y te digo que te amo y siempre te he amado, estabas perdida y estaba buscándote desde aquel día que te soltaste de mi mano; Yo soy tu padre. Entonces del cielo cayo una lluvia de lágrimas que parecían estrellas e iluminaron de nuevo el camino para reencontrarse con la esperanza.

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