“En política no hay amigos; no hay más que cómplices” (Rafael Barrett) Iniciamos la presente narrativa con una frase de este pensador de principios del siglo XX, nacido en Torrelavega, Santander España, ingeniero, matemático, periodista, escritor y luchador social, el motivo pudiera ser evidente, y por ello reflejar uno de tantos escenarios político-sociales que se viven en nuestro amado país.

En México, como en muchos otros países, los ciudadanos participamos de una forma u otra en política, la democracia participativa es una pieza fundamental para establecer los procesos que como causa común nos llevaría a tener un sistema de gobierno que garantice una mejor calidad de vida, un bienestar que en la práctica, respete los derechos humanos y las libertades expresadas en la Constitución, de ahí, que siendo una causa común, los funcionarios electos para colaborar en la grandeza y desarrollo de un pueblo, están obligados a respetar, no sólo las leyes y normas que rigen el servicio público, sino los valores positivos que constituyen su personalidad y los distinguen como merecedores y depositarios de la confianza del pueblo, mismo que espera que sus representantes en los poderes cumplan con la honrosa tarea de servir con decoro a la nación.

Justicia, equidad y paz social se escucha más allá de un compromiso pactado para establecer una ideología personal y de grupo, que a la vista por propios y extraños, no está dando los resultados que todos esperamos.

El fin no justifica los medios, el camino que se elige para llegara la meta es tan importante como la meta misma; un resultado positivo no es razón suficiente para validar actos que son éticamente cuestionables, injustos o inmorales.

Cabría preguntarnos, que, si todos los ciudadanos participamos de una forma u otra en política, no somos también cómplices de los que han usado siempre la política para otros fines.

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