¿Qué tan libre soy? Soy libre de pensamiento, sí, pero mucho de lo que siento, sigue encadenado a mi conciencia, sobre lo que está bien y lo que está mal, mi fe, en ocasiones genuina, de pronto se vuelve convenenciera al busca satisfacer mi necesidad de sentirme bien sin pensar en los demás, trato de justificar mi falta de fidelidad al camino de la verdad y de la vida, poniendo en la balanza lo que considero fue un sacrificio, sordo a las Palabras de Jesús que me insiste con frecuencia, que más que sacrificios, quiere misericordia, entonces, bajo mi cabeza, mirando al suelo, como tratando de medir mi estatura y me veo cuán pequeño soy ante la obra del Redentor que con insistencia me pregunta: ¿Es tan pesada tu cruz, que no puedes con ella? Yo le contesto: Mi cruz no debería de sentirla pesada, pues no está hecha de madera sólida, está hecha de pensamientos que me atormentan, y en mi mente se solidifican y se cargan de pesadumbre. Jesús me responde: Luego dijo Jesús: «Vengan a mí todos los que están cansados y llevan cargas pesadas, y yo les daré descanso. Pónganse mi yugo. Déjenme enseñarles, porque yo soy humilde y tierno de corazón, y encontrarán descanso para el alma. Pues mi yugo es fácil de llevar y la carga que les doy es liviana». (Mt. 11:28-30).

Señor, sólo tú me das la libertad total, rompes las cadenas autoimpuestas por mis dudas, me permites levantar mi cabeza para ver la grandeza de tu obra y me infundes de nuevo seguridad y confianza, haciéndome comprender que no es mi espíritu el que está cansado, sino mi cuerpo material al que he sometido a trabajos excesivos tratándome de encontrar para saber quién soy.

Padre, que el peso de mi nueva cruz sea de amor, de humildad y sencillez, para caminar con la frente en alto, para ver la claridad sanadora de tu divina luz redentora. Bendito seas por siempre.

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