Antes de abrirse el telón del inicio de la nueva semana, empiezo a escuchar el concierto No.21: Andante de Wolfgang Amadeus Mozart; y me veo caminando la semana próxima pasada, por una larga avenida arboleada, iba tan extasiado, que me olvidé de realizar cosas muy importantes, una de ellas, fue visitar a mi madre como suelo hacerlo; pretextos sobran, el mío en ésta ocasión, fue el cansancio y la falta de tiempo; pero el sábado acudí a su casa, ella se encontraba reposando sobre su cama, se había quedado dormida, la contemplé por unos minutos, vi en su hermoso rostro una paz envidiable, después, con mucha delicadeza, tomé su mano derecha para besarla, fue entonces cuando ella abrió sus ojos lentamente y esbozó una amable sonrisa; esperaba un justo reproche, pero, pienso que fue más su alegría que el disgusto, porque empezó tranquilamente una amena charla; me preguntó cómo me sentía, cómo me estaba yendo en el trabajo, me preguntó también por mi esposa, mis hijos y mis nietos, a todo ello contesté con entusiasmo; después de pasado unos minutos, me dijo que un zancudo le había picado en su antebrazo izquierdo y le había dejado un inusual dolor en el sitio de la agresión, y señaló la zona, yo la miré superficialmente, sin tocarla; al poco rato, de nuevo me hizo el mismo comentario, tocándose el sitio aludido, pero dirigiéndome una mirada tan tierna y amorosa, que no pasó desapercibida para mí, entonces, tomé su antebrazo con mucho cuidado, me acerqué a la zona y contemplé una pequeña pápula enrojecida, acerqué mis labios y la besé, tal y como ella solía hacerlo cuando de niños sufríamos alguna lesión, y le dije: _Seguramente con este beso sanarás y ya no habrá más dolor; ella sonrió con gran satisfacción y su risa me contagió. Pensé lo que habían significado para ella esos tres días y cómo bastaron unos minutos para sentirse aliviada de la angustia que le causa el no saber de sus hijos con la frecuencia requerida.

El domingo fui a dar una caminata con María Elena, mi esposa, antes de salir de casa, la noté a ella muy seria y le pregunté a qué se debía, y me contestó, que yo había olvidado enviarle, por mensaje, la síntesis del artículo del domingo, pensé que era un hecho de poca importancia, me disculpé y le dije que fue involuntario, pero ella seguía molesta; y ya por el camino se evidenció el verdadero motivo de su queja, la acción se tradujo como el reclamo de olvidar lo que significa ella para mí, y sí, tenía razón, ni el tiempo, ni el cansancio, deberían ser pretextos para decirle y hacerle sentir a nuestra familia cuánto las amamos.

Antes de abrirse el telón del inicio de la nueva semana, no olvidemos darle gracias a Dios por habernos obsequiado la oportunidad de convivir con seres tan maravillosos que saben valorar en todo lo que cabe la importancia del amor en sus vidas.

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