Un buen dÃa me encontraba sentado en un tronco situado a la orilla de un camino de terracerÃa, eran las doce del mediodÃa y el sol calaba fuerte, afortunadamente, aquel tronco seco reposaba sobre el tallo de un gran árbol que estaba lleno de vida, pensaba en ese momento en lo mucho que me faltaba recorrer aquel camino para llegar al lugar que querÃa, de pronto escuché una voz que parecÃa salir de la nada, de primera intensión volteé hacia los lados, pero no habÃa nadie, pensé entonces que todo se trataba del sonido que ocasionaba el aire cuando rozaba las ramas del árbol lleno de vida, seguà con mis con mis cavilaciones y de nuevo escuché aquella voz de la cual ahora si pude definir las palabras me preguntaba: ¿Por qué tropiezas tanto al caminar? El escuchar aquella voz me inquietó nuevamente, pero ahora dirigà la mirada hacia arriba y pude ver cómo las ramas de aquel frondoso árbol se movÃan acompasadamente, pero no distinguà a persona alguna entre las ramas, entonces pregunte: ¿Quién es el de la voz, quién habla? El viento era suave y tibio, y movÃa acompasadamente aquel hermoso follaje, entones escuché decir: Soy yo… ¡Yo! ¿Quién es yo? ¿cuál es tu nombre? Por un instante sólo escuché el roce del viento sobre las ramas y vi el acompasado movimiento de las mismas, de nuevo escuché decir: ¿Por qué tropiezas tanto al caminar? Lo que pasa, contesté, es que no traigo mis lentes y por eso no distingo bien los obstáculos que se me van presentando en el camino. Soy yo, me contestó: ¿Y desde cuándo necesitas lentes para ver lo que está tan cerca de ti? Yo no he puesto ningún obstáculo en el camino, aquello con lo que tropiezas sólo está en tu imaginación; vamos, levántate y camina, porque aún te falta mucho por conocer.
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