Dicen que abordar temas relacionados con la religión y la política puede ser delicado y en ocasiones complicado, porque existe una gran variedad de creencias y criterios, que difícilmente se pueden conciliar. Por lo general las opiniones críticas que se emiten sobre las religiones se centran únicamente en sus aspectos más controvertidos, sin considerar o valorar también los elementos positivos. La religión y la política han sido ejes centrales en la vida del ser humano, y esto ha influido en la formación de principios morales, éticos, espirituales, políticos, económicos, así como culturales y que han acompañado en todo momento al desarrollo de las sociedades. Para entender el comportamiento de una sociedad, la primera pregunta que nos hacemos es ¿cuáles son sus principios que la sustentan? ¿cuál era su religión? ¿Qué lugar ocupaba la religión en su forma de organizar la vida social, moral y política? Esto es porque de alguna manera, entender el comportamiento de una sociedad, es acercarnos a sus cimientos más profundos, la manera en que piensan, actúan, conviven y se relacionan con los demás.
Dentro de las principales tradiciones religiosas y filosófico-religiosos que han destacado en el mundo, ya que han influido de manera significativa en el desarrollo humano, se mencionan siete y podrían sintetizarse brevemente de la siguiente manera. El judaísmo representa la creencia en un solo Dios y el cumplimiento de los mandamientos contenidos en el Torá. El cristianismo refleja el camino hacia la Fe, la Esperanza y la Caridad. El islam se basa en el compromiso con Dios y en una vida de disciplina espiritual. El hinduismo expresa un gran orden donde todo está conectado, el universo, la naturaleza, los seres humanos, los dioses, el alma, las acciones y consecuencias. El budismo nos enseña el camino del conocimiento interno para comprender el sufrimiento y alcanzar la libertad. El confucianismo nos proyecta que una sociedad funciona mejor cuando las personas aprenden a comportarse con respeto, responsabilidad, prudencia y sentido del deber. Por último, el taoísmo nos muestra que la vida necesita el equilibrio, que los extremos no son el mejor camino y aceptar los cambios nos permite actuar con serenidad.
Aunque el confucianismo, no es propiamente una religión en sentido estricto, puede considerarse una forma de vida basada en principios éticos. Por lo tanto, dentro de todo este Universo de creencias, pensamientos y tradiciones mencionado en el párrafo anterior, me remito a la antigua China, hacia el año 770 a. C. durante el periodo conocido como “Primaveras y Otoños” donde gobernaron pacíficamente varias dinastías. En esa época, surgieron las llamadas Cien Escuelas de Pensamiento donde se le daba un gran valor a la preparación intelectual, y a la sabiduría que adquirían los hombres formados, es decir, hombres juiciosos e instruidos.
El propósito principal de estas escuelas de pensamiento era explicar cómo debía organizarse la vida en sociedad y cual debía ser el papel del gobernante. Dentro de estos filósofos estaba el gran Confucio, que combinó filosofía moral y política. Para Confucio el buen gobierno comenzaba cuando cada persona, desde el gobernante hasta el ciudadano asumiera con virtud y responsabilidad el papel que le correspondía dentro de la sociedad. El buen gobierno —decía—, empieza por la formación moral de quienes gobiernan y también quienes integran la sociedad, cada uno en el ámbito que le corresponde estar. El poder no se ejerce mediante la fuerza o la represión, sino por la educación, el respeto, la familia, y la conducta ética. Y la sociedad debe cumplir con la responsabilidad que cada uno debe asumir dentro de su comunidad.
Sin embargo, aquel ambiente de reflexión y búsqueda del buen gobierno se fue debilitando paulatinamente, hasta dar paso a un periodo de luchas constantes. Entonces siguieron los llamados reinos combatientes que representaron una dura realidad, donde la competencia política y la búsqueda de control se convirtieron en su mayor propósito. La autoridad común ya no fue suficiente para mantener unidos a los distintos estados, por lo que el orden político comenzó a fragmentarse. Una de las principales razones fue que dichos estados abandonaron sus principios y empezaron a competir por territorio, poder y supremacía con el propósito de alcanzar el dominio político de China. Esto nos demuestra una vez mas que la historia se compone de ciclos, los cuales permiten a la sociedad reconocer lecciones, sobre la vida humana, el poder, la religión y la organización de la sociedad.
El ideal del buen gobierno de Confucio no desapareció con el tiempo. China como cualquier nación se fue adaptando a contextos históricos muy distintos y aquellas ideas de virtud permanecieron en su cultura, especialmente en valorar la educación, la honestidad, el respeto al orden, la disciplina social y la idea de que, quien gobierna, debe demostrar capacidad para conducir a la sociedad y dar los resultados esperados como es la estabilidad y el desarrollo. En la China actual su sistema político esta dirigido por un partido comunista, donde se habla mucho de la legitimidad por desempeño; es decir, el gobierno conserva apoyo porque debe mostrar resultados concretos. El Banco Mundial señala que China logró sacar cerca de 800 millones de personas de la pobreza extrema en las últimas cuatro décadas, un gran logro de la historia reciente.
Podemos decir entonces que de alguna manera aquellas ideas de Confucio no desaparecieron del todo. En la China actual se continúa luchando por un buen gobierno que debe promover orden, estabilidad y resultados. Es un sistema político centralizado, y una economía que, aunque se define oficialmente como socialista de mercado, tiene rasgos capitalistas, por impulsar el desarrollo y el crecimiento. El pensamiento de Confucio hablaba de virtud, sabiduría y moral; hoy se habla de estabilidad, desarrollo, eficiencia, trabajo en equipo y resultados. La visión de Confucio no se perdió sigue presente en los gobernantes y en la sociedad como uno de los pilares mas valiosos en el buen gobierno. De tal manera que, en China el poder político, sí necesita sostener una legitimidad basada en resultados. En la antigua China, esto se vinculaba con la responsabilidad moral del gobernante, en la China contemporánea se expresa con la exigencia de resultados para conservar su legitimidad. Lo que nos lleva a afirmar que el gobierno que no proporciona estabilidad y buenos resultados es el gobierno que la propia sociedad se encarga de desaparecer.
Finalmente, lo admirable de todo esto es recordar aquella frase atribuida al Dalái Lama, cuando al preguntarle cuál era la mejor religión, respondió: “aquella que te hace ser mejor persona”. Aplicado a nuestra realidad, nos permite comprender que los principios religiosos más allá de sus diferencias son relevantes cuando son capaces de formar seres humanos con mayor conciencia, responsabilidad, y sabiduría, y con ello civilizaciones más fuertes y prosperas.