Pensar que el inicio de la guerra contra el narco fue circunstancial es desconocer la historia, Felipe Calderón Hinojosa, nació en Morelia Michoacán, y escogió ese estado para iniciar su guerra, no solo por ser su estado natal, sino también porque le tenía agradecimiento, el triunfo de su elección ahí fue contundente, saliéndose del parámetro de una elección cerrada en el resto del país.
Fueron 15 puntos porcentuales la diferencia de su triunfo, y tal vez pensó que estaba en deuda con sus paisanos.
Sin embargo, la violencia se acrecentó, y de aquella guerra surgieron versiones de pactos oscuros con el crimen organizado, pero sobre todo de uso de su influencia familiar en la política local.
A 10 días de asumir el poder, Calderón lanzó el Operativo Conjunto Michoacán, desplegando en su tierra natal, miles de militares y policías federales para combatir a “La Familia Michoacana” un cartel de nueva creación, que había colgado cabezas en un bar de Uruapan.
Nació así el famoso Michoacanazo, deteniendo a líderes políticos, alcaldes y diputados por supuestos nexos con el narco, desde el inicio el operativo fue duramente cuestionado, pues entre los detenidos no aparecían delincuentes reconocidos, esto hizo pensar a muchos que el objetivo más bien estaba encaminado a pactar con los miembros del crimen organizado.
El mismo Carlos Manzo, alcalde de Uruapan recién asesinado, lo dijo explícitamente en un discurso en la Cámara de Diputados, en este año del 2025, “Calderón militarizó el país no para proteger a los ciudadanos, sino para ser cómplice de los carteles”.
La historia consigna que el origen de la escalada de violencia en México tuvo a Michoacán como epicentro, la presencia militar y policiaca, lejos de devolver la paz, incrementó los homicidios, las fosas clandestinas y las disputas entre bandas por el control de los puertos y de los cultivos de aguacate y se generaron los motines en prisión.
Sin duda el objetivo era otro muy diferente, el control de los carteles mediante la creación de uno solo y desde luego el control político en la sucesión gubernamental de Michoacán.
La falta de una estrategia integral, hacia pensar a muchos que la decisión en esos 10 días de inicio de gobierno, se había tomado sobre las rodillas, pero definía claramente, que los “brillantes” asesores venían trabajando en un proyecto transexenal desde la “liberación” de “El Chapo” del penal de Puente Grande en Jalisco.
Normalizar la violencia fue el tono presidencial desde el 2006, incluso las víctimas inocentes tenían una denominación general, “Daños Colaterales”.
Golpear el avispero, no solo fue una imprudencia, fue una insensatez que desencadenó un rio de sangre, y que inauguró los asesinatos a las autodefensas, que, a fin de cuentas, demostraban la incapacidad del gobierno.
La polarización de aquella cuestionada elección presidencial, hizo abrigar en el gobierno federal, la posibilidad de sacar raja política y utilizar la guerra contra el narco, a la vez que desmantelaba los nichos de poder del PRD en la entidad, teniendo la posibilidad de sembrar a la hermana Cocoa Calderón como futura gobernadora del estado.
Endulzar los oídos de los poderosos, es algo que sabía hacer muy bien Genaro García Luna, y en los de Felipe Calderón encontró los mejores receptores, para continuar con el trabajo iniciado en el sexenio anterior, bajo las ordenes de Vicente Fox.
El fracaso en el 2011 de Luisa María Calderón, alias Cocoa, fue el mejor ejemplo de que todo estaba hecho sin un plan preconcebido, los movió solo la ambición y el sueño de acabar con la hegemonía del PRD y PRI en la entidad.
Hoy México vive una etapa de percepción pésima, el impacto del crimen organizado en toda actividad económica está acabando con la paciencia de todo un pueblo, no hay instancia para quejarse, no hay ventanilla para orientar, no hay voluntad política y sobre todo no hay LIDERES DE OPOSICIÓN.
Jorge Alberto Pérez González