Hace quince años escribà el presente artÃculo, apreció de pronto de la nada, precisamente un dÃa tan significativo como el dÃa del amor y la amistad, tal vez como un recordatorio de lo que a muchas madres les ocurre a pesar de profesar un amor incondicional a sus hijos.
La tristeza me condujo hasta el sitio del descanso eterno de los cuerpos. Llamó mi atención un abandonado mausoleo con una figura de yeso ennegrecida, el tiempo y el descuido, casi borraron las facciones de lo que parecÃa la imagen de una virgen; curioso me acerqué y pude contemplar que entre las manos que piadosamente parecÃan dirigir al cielo una oración, presionado se encontraba un maltratado e ilegible documento parecido a una carta, temeroso de que al tomarlo se fuera a deshacer, presté cuidado y asà lo puede desprender de su custodia, sorprendido de que el contenido del sobre, aún podÃa ser leÃdo, busqué el descanso al pie de la sombra de un tejado; pude distinguir entusiasmado que el escrito era de una madre dirigido a su amado hijo. PermÃtanme, con respeto, dar a conocer su contenido, la carta decÃa asÃ:
Amado hijo, apenas mis manos temblorosas pueden expresar en esta carta lo que me hubiera gustado decirte hace mucho tiempo y es que los años y los dÃas pasan sin que podamos darnos cuenta de todo lo que debimos en su momento comprender. ParecÃa que nunca me harÃa vieja y que tú nunca crecerÃas, que serÃas por siempre mi niño, mi pequeño, mi adorado hijo, siempre te traté asà y en mi inocente ignorancia no noté los cambios que a tu vida llegaban, de pronto, no te podÃa conformar con nada, tus rabietas y exigencias para mà estaban por demás justificadas, cómo podrÃa ser de otra manera, si eras todo para mÃ. Al principio me alzaste la voz y mi corazón todito se partió en pedazos, pero cómo podÃa yo, no soportar el dolor que me causara uno más de los corajes de mi hijo amado, ¡para eso está la madre!, para aplacar todos sus embates, porque seguramente que mi niño es asà porque no pude darle todo para que fuera feliz. Después vinieron los golpes, pero me dolÃan más sus hirientes palabras que como puñales atravesaban mi frágil humanidad, ¡pero qué más da, para eso tiene mi niño a su madre, para que desquite todo su coraje!… pero qué tienes mi niño… por qué lloras… perdona que no haya sido yo una buena madre, déjame enjugar tus lágrimas, que nadie te vea llorar, no quiero que la gente piense que no eres un hombre… vamos hijo, desquÃtate una vez más, mi cuerpo aún resiste el combate del guerrero que llevas dentro, mientras mi vida te sirva de consuelo, desquÃtate mi niño, golpea fuerte, tal vez, en uno de esos golpes me des la muerte, entonces hijo mÃo, habrás saciado el rencor que te hizo suponer, que fui culpable de tu infortunio, por la falta de un padre que nunca llegaste a conocer.
Hoy hijo, la edad me lleva consigo, no tus golpes, pero si algún dÃa regresas a buscarme y a mÃ, el destino no me dé un hálito más de vida para volverte a ver, búscame hijo en el sepulcro frÃo y recoge esta carta que entre mis manos he de guardar hasta que tú llegues y puedas asà enterarte, que ni muerta te he dejado de querer.
Conmovido por la confesión de aquella madre, pensé en lo ingrato que he sido con la mÃa, sÃ, en mi madre, la mujer tan fuerte del ayer, la que me sacara una y mil veces de mi inconsciente proceder, la que al principio se escondÃa para que no la viera llorar, porque querÃa que la viera siempre fuerte, mi madre, mi guÃa, la que condujo mi nave, que parecÃa que se hundÃa, la luz bendita que iluminaba mis noches y me rescataba de esa terrible pesadilla de no tener cerca, a un padre; mi madre, que hoy el tiempo quiere vencer con sus achaques y que yo indolente, contemplando esa lucha desigual e infame, dejo que la tristeza, más que la misma enfermedad me la arrebate. Mi callado proceder, es tan vil como el de ese hijo, sÃ, el de esa madre que dejó en su tumba una carta de amor.
Perdóname madre, le dirÃa el después aquel hijo arrepentido y sentenciaba: Qué bueno que Dios te dio un sólo hijo, no me imagino verte padecer por la infamia del desamor del hierro mortal de diez puñales.
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