Hace unos días me sentí nostálgico al ver una foto antigua de la tierra de mis abuelos maternos, entonces le dije a mi esposa, te preparas porque el fin de semana iremos a San Francisco, Santiago N.L.; aunque a ella le gusta sobremanera el lugar, se disculpó diciéndome que había hecho planes para atender algunos pendientes en Victoria; su respuesta me hizo ver aún más gris el panorama y decidí retirarme a mi taller literario para pensar en otra cosa, pero en mi mente aparecía de nuevo la escena de aquella fotografía,  fui por ella y la puse cerca de la pantalla de la computadora, me puse a escuchar saqué música norteña y dejé que mi mente viajara al pasado; me vi entonces  a la edad de 11 años un viernes por la tarde, llegando a nuestro hogar que se ubicaba en ese entonces en la calle Platón Sánchez con Espinoza, de la ciudad de Monterrey  N.L., donde mi madre me esperaba para comer, y  estando frente a ella con firme decisión le dije que iría a pasar el fin de semana con mis abuelos; sabiendo ella cómo disfrutaban mis abuelos las visitas de los nietos, no dudó ni un segundo en autorizar mi petición, y  de inmediato me preparó una bolsa con un cambio de ropa, prometiéndome que  convencería a mi padre para pasar el domingo en San Francisco, y así, regresarme con ellos.

He de reconocer, que no fui muy vago en mi niñez, lo poco que salí fuera del hogar era acompañando a mi hermano Antonio, quien a regañadientes me dejaba seguirlo por las calles del centro de la metrópoli, y entonces me jactaba de conocer mi ciudad natal; por lo que  convencí a mi madre, que me dejara ir solo a la central de autobuses  que cubrían la ruta de Monterrey hasta el Álamo. Salí con la  bolsa bajo el brazo muy seguro de mí mismo y me dirigí al sitio señalado, la única recomendación que me hizo mi progenitora fue que tuviera cuidado al cruzar las calles.

A las pocas cuadras me desorienté y sentí temor de extraviarme, para colmo, ya no podía regresarme pues empecé a desconocer el camino, así es que, seguí caminando, y para mi fortuna, uno de los autobuses pasó cerca y pronto descubrí la terminal; me dirigí al sitio de venta de boletos y minutos después abordé el transporte, sudando, recordé la odisea que había pasado y me pregunté cómo había sido posible que mi madre me dejara realizar aquel recorrido.

Cuando por fin el autobús inició su marcha, respiré profundamente y dirigí la mirada por la ventanilla para disfrutar el paisaje, y cuál fue mi sorpresa al ver a mi madre detrás de un poste de luz tan cercano a la terminal y tan cercana a mi vida.

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