MiAquella noche, cansado como estaba, llegué hasta la cama y al recostarme, caí en un profundo sueño,  soñé cómo muchos otros días que llegaban a mi vida, cuando de estar siendo felizmente iluminado por la luz del sol y sintiéndome agradecido por la refrescante brisa matutina, de pronto y de la nada, apareció un nubarrón, ensombreciendo mi frágil ánimo y con él, disminuyendo mi energía corporal, por lo que pensando que se aproximaba una tormenta, me fui a refugiar en el interior de mi ser, busqué la roca de las lamentaciones, ahí donde suelo sentarme a esperar una respuesta sobre el origen de mi tristeza; en mi mente floreció una oración: Señor, tú que eres la luz del mundo ilumina mi espíritu y con él obtener la sabiduría para entender el origen de mi tristeza. De pronto y de la nada, surgió la luz eterna tan amada y con ello la respuesta que esperaba: Diez son mis mandamientos, diez los dedos de las manos, cada dedo es diferente, aunque algunos parecieran ser iguales, cada uno tiene su función específica, pero para poder tener más claro su fin, todos deben de trabajar como si fueran uno mismo, porque nadie golpea las calamidades con un dedo, cierran la mano para golpear con mayor fuerza. Tú eres el segundo dedo, el que indica, señala y apunta hacia el objetivo principal; eres el soporte para sostener el cuerpo, el horizonte que no pierde de vista cuando llega la luz y cuando se va, los nubarrones con momentos obscuros, son amenazas simuladas de tormentas inexistentes.

Los diez mandamientos mantienen la integridad del ser para tener una vida plena, el amar al único y verdadero Dios garantiza la estabilidad del universo; el que olvida amar a Dios sobre todas las cosas, no podrá amar al prójimo y por lo tanto, no podrá obtener la estabilidad que el espíritu obliga para estar en su gracia.

Diez son los hijos, todos diferentes, todos con intereses distintos, que simulan unidad, pero no tienen fuerza como familia, el afecto está presente, pero vive amenazado por la falta de amor, este va siendo desplazado por los celos, la envidia, la vanidad, el egoísmo, la ira, la ambición por las cosas materiales, la simulación y el engaño, la diferencia disfrazada de hipocresía; ninguno es bueno, porque el único bueno que es Dios de ahí que nos sujetamos al libre albedrío y caminamos entre aciertos y errores, pero lo que más lastima a la unidad es el demérito a los esfuerzos; ninguno de los diez ha sufrido lo que no se merezca, se pueden tener muchas cosas materiales pero no la bendición de haber conocido el verdadero amor.

Aquella noche pensé que la tormenta se había desatado, mi frente perlada de sudor, mi cuello tenso, la rigidez de mis brazos y mis piernas, me sentía como si había estado colgando de mi cruz, si, la que llevo a cuestas desde el día que vi por primera vez la luz, a la que he seguido desde entonces y no he podido alcanzar, porque pretendí ser un buen hijo y fracasé, pretendí ser un buen hermano y fracasé, pretendí ser un buen esposo y fracasé, pretendí ser un buen padre y fracasé, pretendí ser un buen abuelo y fracasé, pretendí ser un buen amigo y fracasé; pero qué podía esperar si bueno, solamente es Dios..

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