En aquel tiempo del cansancio crónico y los dolores provocados por del desgaste físico por la edad, se presentó ante mí la misericordia, mi vista y mi audición aquejados por la disminución de su agudeza, aún pudieron percibir la presencia de una persona que parecía extraviada, e iniciamos el siguiente diálogo: ¿A quién busca? Pregunté a la persona que tocó a mi puerta, y que fingiendo no escuchar, con un gesto de curiosidad dibujada en su cara, decidió abrir lentamente y asomarse con discreción; me miró detenidamente, tal y como si fuera un objeto, y una vez que se sintió segura, mas no confiada, la persona entró tímidamente para describir mi personalidad, pero aún se ubicaba lejos, tal vez su visión no era buena, tanto como para poder definir si yo era una persona o un objeto, por ello, armándose de valor, decidió acercarse un poco más, tanto como para sentir en mí el movimiento, el calor y el aroma de mi cuerpo, todo esto, como queriendo estar segura de que lo que reflejaba en el exterior no era peligroso o significaba algún riesgo para su integridad, sobre todo la emocional; se detuvo un momento al percibir que se requería algo más que la curiosidad para poder conocer el interior de mi ser, esto, porque la puerta del corazón, sólo se puede abrir con la llave de los sentimientos ligados al amor.
Entonces, al sentir su cercanía le pregunté de nuevo: ¿A quién busca? Creo que mi insistencia le causó un poco de temor, por lo que discretamente decidió retirarse de nuevo, pero no salirse del entorno cercano; un poco confundido por su actitud, respeté la sana distancia, pues no era mi intensión causar incomodidades.
Yo la observaba de reojo, fingía estar ocupado, pero siempre haciendo pausas para dar oportunidad de un acercamiento y con ello, entablar una conversación cordial. Cuando por fin se animó a hablar preguntó: ¿Y usted que busca? Y respondí: busco ser amable con todos, busco poder servir a mi prójimo sin más interés que el de ayudar sin pedir nada a cambio. La persona respondió de inmediato: Todos buscan algo a cambio, y no creo que usted sea la excepción a la regla. Le repito, le respondí, que yo solamente busco ayudar a quien necesite de mí, y algo me dice que, si tocó a mi puerta, es porque necesita algo. La persona dio un par de pasos al frente y se sentó en una silla, colocó sus manos sobre la cara, dirigió su mirada al suelo y murmuró unas palabras, que la verdad no pude descifrar al escucharlas, pero que no pasaron inadvertidas a mi corazón, pues la puerta de este, se encontraba abierta pues la llave de la misericordia había sido utilizada.
“Id, pues, a aprended lo que significa: Más estimo la misericordia que el sacrificio; porque los pecadores son, y no los justos, a quienes he venido yo a llamar a penitencia” (Mt 9: 13)

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