Hace un par de días me enteré que mi nieto Emiliano iría a probar suerte a otro país, y sin importar si este fuera vecino o estuviera distante, para los abuelos la distancia suele ser infinita; pensé que este distanciamiento temporal o no, no afectaría el equilibrio de mis emociones, al menos no tanto como a su abuela, pero me fue imposible no meditar sobre el particular, entonces recordé una anécdota que ahora comparto con los que ven, escuchan y sienten como yo.

En aquel tiempo, tiempo de reflexión, subía con precaución una larga escalera, mi intención era llegar al último escalón, para tomar una maravillosa fruta que pendía de la rama más alta de aquel árbol, en cada escalón que ascendía, miraba hacia abajo, pues le había dicho a mi nieto Emiliano, que en ese entonces tenía 12 años, que sujetara lo más fuerte posible la escalera, pues temía que ésta resbalara debido a la inclinación que tenía; afortunadamente Emiliano se mostraba firme, velando por mi seguridad; pero al pisar el penúltimo escalón y tocando la apreciada fruta con mis dedos, el madero de dicho escalón cedió con el peo de mi cuerpo y se rompió; para mi fortuna, el incidente no pasó a mayores, sólo el impacto del susto me causó temblor de piernas, y como el hecho no pasó inadvertido para mi nieto,  desesperado me pido bajara de inmediato, y la verdad ya no me sentía tan seguro, de ahí que empecé a descender, cuando llegué abajo mi nieto me abrazó por la cintura y pude notar cómo su cuerpo temblaba igual que mies piernas; pasado el susto ambos nos sentamos para descansar un poco y empezamos a platicar; Emiliano, reprochando mi osadía de haber trepado la escalera, me pidió de favor que nunca jamás volviera a subir, aludiendo que  debido a mi edad, ya no tenía la misma fuerza y los mismos reflejos y una caída de esa altura  seguramente traería serias consecuencias; aquel gesto de amor, me hizo abrazarlo y me animó a decirle: Ojalá siempre estemos cerca uno del otro para poder vencer nuestras imprudencias, mi nieto se me quedó mirando pareciendo no entender lo que le decía, entonces le dije: Estamos en dos extremos de la  vida, tú en la adolescencia, y yo, en la adultez mayor, seguramente por tu edad eres más ágil, incluso, más fuerte, de ahí que subir una escalera te sería fácil y podrías llegar tan alto como quieras, esto sea por gusto, o sea por alcanzar todo lo que deseas, pero tanta confianza podría igual hacerte caer, ya no digamos de lo más alto, sino de tu propia altura; tú aceptaste la responsabilidad de velar por mi seguridad mientras yo subía la escalera, tratando con ello de lograr mi afán por alcanzar lo que ya no puedo lograr, ahora te digo, que yo he aceptado la responsabilidad de ayudarte a sostener tus anhelos e igual me preocupa tu seguridad, pues a donde irás, no estaré presente para sostenerte cuando se llegue a romper algún peldaño en tu ascenso, por eso quiero que cuando te asalte la duda de subir o no un escalón en tu vida, pienses en lo que hoy te digo y cuando mis palabras abran la puerta de tus recuerdos, imagina que yo, tu abuelo, siempre estaré sosteniendo tu escalera.

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