“Mientras me veo en el espejo, platico todos los días contigo” Me decía mi madre aquel 18 de marzo de 2016 al ir a visitarla, sonriendo me dijo eso, y por unos instantes, me quedé pensando en sus palabras; entonces imaginé el motivo de su comentario, pero, la frase viajaría más allá del hecho de que ella se refería a que contemplaba mi foto pegada en el ángulo superior izquierdo del peinador, mientras resaltaba aún más su belleza con la aplicación de algunos cosméticos faciales.

Me remonté a la época en que mi progenitora y yo nos dábamos tiempo para platicar; entre los temas, abordábamos situaciones del diario acontecer, pero, si ella notaba la más mínima señal de ansiedad en mi persona, estratégicamente me llevaba a un plano de confianza más profundo y era cuando, sin la menor resistencia yo desnudaba mi alma frente a ella, y al término de mi perorata, recibía los sabios consejos que, como bálsamo mágico, respondían a todas mis dudas y sanaban así todas mis heridas.

Mi madre siempre tuvo especial atención con mis hermanos, sobre todos a los que llamaba inquietos; cuando niño, eso me causaba cierto celo, pues yo aspiraba a tener la misma atención, mas, cuando externaba mi inquietud, ella decía una cita bíblica de Jesús: “Los sanos no necesitan de médico, sino los enfermos”, y aunque en aquella edad no entendía lo que me quería decir, me tranquilizaba, pues pensaba que era una especie de halago por algo que me distinguía.

Tal vez, tomando el ejemplo de mi madre en cuanto a esas conversaciones tan edificantes, fue que empecé a cultivar esa virtud, la de saber escuchar a todas las personas que buscan alivio al sufrimiento, que no puede ser sanado con fármacos o técnicas sofisticadas; tal vez, el poder de las palabras de Jesús en boca de mi madre, me llevó por el camino de la vocación médica, pero si bien es cierto, que los médicos tenemos conocimientos para diagnosticar, y en ocasiones, tratar alteraciones de la conducta humana, estos pudieran no ser suficientes para darles el seguimiento hasta la conclusión o la estabilidad de los problemas, de ahí que para ello, existan profesionistas especializados en Psicología y Psiquiatría; más, en ocasiones, podría ser que a pesar del conocimiento pleno de las alteraciones y tratamiento de la conducta y  de las enfermedades mentales, el profesionista adolezca de la virtud de saber escuchar con el corazón.

En aquel año de 2016, mi corazón traducía el comentario de mi madre, como un sutil reclamo para que reanudemos nuestras amenas charlas del pasado, tal vez, tratando de ponerse al día en cuanto a mis sufrimientos, porque para una madre, los hijos siempre serán sus pequeños grandes amores.

Hoy extraño tanto su dulce voz, porque aquejada por un padecimiento, no pude emitir sonidos, de ahí que sus miradas son para mí las más valiosas para entablar una comunicación callada, que va más allá de los oídos, llega hasta el alma, teniendo el mismo efecto reconfortante.

Me preguntaba mi nieta Andrea, cuando me acompañaba a ver a mi madre: Por qué la miras tanto, yo le decía: guarda silencio que estoy platicando con tu bisabuela. Pero si no habla, decía mi nieta. Si quieres escucharla, le contestaba, solo mírala a los ojos y escúchala con el corazón.

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