Un buen dÃa caminaba en busca de mi verdad, cansado estaba, de hecho, antes de empezar el recorrido, más no culpaba de ello al desgaste propio de la edad, sino al peso de tantos recuerdos que habÃa clasificado en su momento como negativos, pensando que cuando experimenté los eventos, éstos me habÃan arrebatado la oportunidad de vivir un tiempo que debió generar en mi ser un estado de satisfacción fÃsica y mental, esto, para allegarme lo que consideraba era la felicidad, y que al no poder analizar a profundidad el verdadero impacto emocional que me causaron, ya sea por mi falta de madurez intelectual, o por responder instintivamente a lo que consideraba una amenaza o un desafÃo de todo acto donde se carecÃa de justicia y equidad, este se percibÃa en mi conciencia como un abuso de autoridad de parte de las personas con las que interactuaba, donde se ejercÃa un poder mayor al mÃo, o una aparente fuerza imposible de vencer en ese tiempo.
Un buen dÃa me pregunté quién podrÃa darme una respuesta que llenara a mis dudas y que no lo hiciera sólo por complacencia, sino que de manera honesta me dejara satisfecho, tanto como para considerar que valió la pena el haber emprendido el citado viaje; de pronto recordé que si alguien era honesto, ese era mi tÃo Tiótimo, un hombre que en forma temprana desarrollo la plena conciencia, sabio por naturaleza y rico en experiencias que involucraban las relaciones humanas y que una vez que se sintió poseedor de tal sabidurÃa se retiró voluntariamente de todo contacto humano para vivir en soledad, al llegar a la conclusión de que para no ser presa del pesimismo es necesario reinventar las bases del conocimiento sobre el cómo tener acceso a la verdadera felicidad.
No lo pensé dos veces, dirigà hacia el rancho la soledad, decidà llegar ahà sin previo aviso, porque de anticipar el motivo de mi presencia harÃa que mi pariente se distrajera de su estado de profunda meditación, esa que lo lleva siempre ha un estado de conciencia tan purificado, que serÃa difÃcil de encontrar en el mismo Tibet. Encontré al tÃo, con los ojos cerrados, sentado en su mecedora favorita, me atrevà a sacarlo de su cavilación, porque una fastidiosa mosca se le paraba con insistencia en el vértice de su afilada nariz y el en respuesta con suma precisión logró atraparla entre su dedo Ãndice y pulgar de la mano derecha
. Cuando el pariente entreabrió los párpados y distinguió mi figura, de inmediato cerró los ojos y con su mano derecha señaló una de las sillas del comedor, intuà que me estaba pidiendo me sentara, entonces me dije: Qué gran poder tiene el tÃo sin decir una palabra me hizo sentir sus deseos; me senté y esperé unos minutos en señal de respeto y luego abriendo lentamente sus ojos dijo: ¿Cómo le fue a México en su primer partido del mundial? Yo conteste eufórico: Ganamos tÃo, y antes de que pudiera narrar un poco la dinámica del partido, me solicitó pasáramos al motivo de mi presencia en su espacio vital.
Y contesté: vengo a saludarte y a pedir me ilumines con tu sabidurÃa. Él contestó de inmediato: No tengo dinero. Le respondÃ, no tÃo no te vengo a pedir un préstamo, sólo quiero me digas cuál es el camino que debo seguir para encontrar la felicidad.
El meditó unos momentos y contestó con firmeza: Si lo supiera no estarÃa aquÃ, en esta soledad, donde me la paso repasando en que fregados me equivoqué para que me fuera como de la patada en la vida, pero te diré que este recogimiento mÃstico, me llevó a una conclusión. Sorprendido por su respuesta, pero aún con la esperanza de llevarme algún consejo positivo, sin disimular mi impaciencia por conocer su sabia conclusión, le dije: Háblame tÃo, yo escucho: Desecha el concepto de felicidad de tu vocabulario, no existe una definición q para describir el ser feliz, muchos han caminado como tú, han acusado a muchos lugares, han consultado a muchos sabios y sólo han recibido el mismo consejo que hoy te obsequio: deja de buscar la felicidad, sólo vive, acierta y equivócate tantas veces como puedas mientras tengas energÃa, más, procura no dañar tu cuerpo y tu mente, cuando llegues a la vejez preocúpate sólo por una cosa, engrandece tu espÃritu, porque es el único que conoce el camino a la verdadera felicidad.
Una vez que terminó de hablar, mi tÃo, cerró sus ojos, abrió su pulgar y su dedo Ãndice, dejó escapar a la mosca que habÃa atrapado y ésta como guiada por un faro se fue a parar en el vértice de la afilada nariz de mi tÃo.
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