“Guardaos bien de hacer vuestra obras buenas en presencia de los hombres con el fin de que os vean: de otra manera no recibiréis el galardón de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 6:1)

¡Oh¡ eterna mortificación, porque persiste en mí el sentimiento de aceptación, que sin duda, es evidencia de baja autoestima.

Frecuentemente llega a mi mente éste pensamiento desagradable, y analizando su posible origen, concluyo que fue en mi infancia cuando lo adquirí.

Sin desearlo, mi madre y tal vez mi padre, me pusieron ante la disyuntiva de tratar de superar a mi hermano mayor en algunas de sus cualidades. Si duda, el primer hijo deja en toda madre una huella imborrable, y ella en su afán de brindar todo tiempo de bienestar a ese hijo, incluye en también la búsqueda de la perfección, y cuando ya ha logrado tener un modelo a satisfacción, pienso que buscará que los futuros hijos se acerquen lo más posible al modelo inicial; pero tal vez olvide una cuestión importante: cada ser humano es una persona única, original e irrepetible.

Difícilmente un niño entiende eso a tan corta edad, de ahí que, en el afán de complacer a sus padres, tratará de emular a su hermano mayor, pero, al adolecer de algunas de sus capacidades físicas o mentales, empieza a resentir un sutil rechazo que va mermando su autoestima.

Cuando al fin la persona logra comprender que no puede competir en algunas disciplinas con su hermano mayor, inicia un proceso de auto aceptación, mismo, que puede completarse o quedar truncado, cuando los padres insisten con relativa frecuencia en resaltar las virtudes de su primer hijo.

Afortunadamente, mi madre se percató de las dificultades que tenía yo para ser un buen nadador, cazador, e innovador de acciones prácticas para resolver problemas comunes y decidió buscar entre mi originalidad las cualidades que distinguían mi personalidad, según me dice, encontró en ella un alto sentido de la responsabilidad, humildad, prudencia, tolerancia, paciencia, solidaridad y creatividad para enaltecer la condición humana y con ello concluyó, que era y sería una persona buena, y esa explicación me dio cuando la pregunté qué era ser una buena persona; pero tuvo especial cuidado, en dejar claro, que la bondad estaba incluida también en el resto de su descendencia, concretando que “todos éramos buenos de una forma u otra”.

En mi niñez me hice a la idea que ser bueno era una cuestión de alta responsabilidad, y que era necesario renunciar a muchas cosas que se presentaban en la vida y que parecían ser totalmente normales.

Ser bueno era un estado de mi ser que le agradaba a mi madre, ella decía “Pase lo que pase, nuca dejes de ser bueno” pero no le agradaba tanto a mi padre, que de alguna u otra forma, me daba a entender que “Buenos, buenos, ni Dios los quiere” porque aseguraba, que en la vida tendría que enfrentar muchos retos que llegaría a cuestionar la verdad sobre mi bondad.

Con el tiempo comprobé que ambos tenían la razón, pero, que el ser bueno era un estado que dependía totalmente de mi persona, y que podría o no estar justificado en ocasiones, mi actitud ante una situación dada, pareciera estar equivocada, desde el punto de vista de otras personas, o era acertada para otras.

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