Andrés López Beltrán le escribió una carta a Donald Trump para reclamarle que Estados Unidos se mete donde no lo llaman.

Repasemos los hechos, que se acumularon rápido. La noche del jueves 13 de agosto, cerca de las diez y media, desde Teapa, Tabasco, el hijo del expresidente anunció que le habían revocado la visa estadounidense. Señaló como responsables al secretario de Estado, Marco Rubio, y al subsecretario Christopher Landau. Enseguida hizo pública una carta de tres páginas dirigida al presidente Trump, en la que califica la medida de política, politiquera y propagandística, sostiene que no existe prueba alguna de un acto inmoral o delictivo de su parte, describe a los funcionarios estadounidenses como jefes de pandillas dedicados a espiar y acosar a otros países, y le pregunta a Trump si estaba enterado. Cierra esperando respuesta.

Al día siguiente la presidenta Sheinbaum apuntó que la decisión tiene un sentido político “porque no es parejo, no es para todos los países”. La jefa de Gobierno de la capital habló de las visas como instrumento de presión política. El Comité Ejecutivo Nacional de Morena rechazó “el uso de instrumentos migratorios como mecanismo de injerencia política”. La embajada estadounidense contestó que los registros de visas son confidenciales por ley, y hasta hoy Washington no ha dado una razón oficial.

Conviene decir lo que no está probado. En mayo, Carlos Loret de Mola afirmó que López Beltrán y su hermano habrían recibido dinero en efectivo de Enrique Díaz Vega, exsecretario de Finanzas del Gobierno de Sinaloa, hoy entregado voluntariamente a la justicia estadounidense. López Beltrán lo negó, le exigió “una sola prueba” y lo llamó periodista mercenario. No hay acusación formal contra él en México ni en Estados Unidos. Un lector serio tiene que sostener las dos cosas a la vez: Que un señalamiento periodístico no es una sentencia, y que retirar una visa tampoco lo es.

Ahora pongamos al lado lo que ocurrió esos mismos días. El 18 de agosto, en la conferencia internacional para el control de drogas celebrada en Buenos Aires, ante delegaciones de más de cien países, el director de la DEA describió a Omar García Harfuch como socio de confianza y buen amigo de Estados Unidos. El 20, Fernando Farías Laguna fue trasladado a México desde Argentina, con colaboración de autoridades estadounidenses y argentinas. Él y su hermano, sobrinos políticos del extitular de la Marina, son señalados como cabezas de la red de huachicol fiscal que operó buques en Tampico y Ensenada declarando combustible como aceites y aditivos, con aduanas simuladas de por medio. Dieciséis detenidos, doce de ellos exservidores públicos, y un daño estimado en miles de millones de pesos. Tamaulipas, otra vez, en el centro del mapa.

Cinco días separan una cosa de la otra. En cinco días, Estados Unidos fue el aliado cuya palmada en el hombro presumimos y el imperio arrogante que se entromete en nuestros asuntos. La misma potencia, la misma semana, el mismo gobierno recibiendo las dos noticias.

Volvamos a la carta, porque ahí está el problema en miniatura. Su argumento central es la soberanía: Estados Unidos no debe intervenir en la vida de otros países. Pero decidir a quién se le permite entrar al propio territorio es justamente lo que hace un país soberano, y lo hace México todos los días en sus aeropuertos. Una visa no es un derecho ni una sentencia: Es un permiso que se otorga y se retira sin juicio de por medio, aquí y allá. Reclamar soberanía para el país propio mientras se le niega al ajeno es una operación que no cierra por ningún lado.

Hay más. La carta compara el proceder con el estilo hitleriano y acusa a los funcionarios de recibir dinero de vendedores de armas, y a continuación le pide al jefe de esos funcionarios que corrija la decisión. Si el sistema está podrido, ¿por qué apelar a su cabeza? Y si la cabeza puede revertirlo con una orden, entonces lo que se está pidiendo es un favor personal del hombre más poderoso del mundo. Que es, palabra por palabra, la definición de injerencia que la propia carta denuncia.

Aquí es donde el asunto deja de ser sobre una familia y se vuelve sobre un modo de razonar.

Aristóteles dedicó el libro IV de la Metafísica a lo que llamó el más firme de todos los principios: Es imposible que algo sea y no sea al mismo tiempo y en el mismo sentido. Más que una regla de lógica escolar, es la condición para que hablar signifique algo.

El 10 de agosto, Morena salió a defender la investigación contra Ernesto Ruffo por huachicol fiscal. El 13 de agosto, Morena denunció como injerencia política una decisión estadounidense sobre uno de los suyos. Tres días. Escribí aquí hace unas semanas que la justicia se aplica según quién tenga el poder; corrijo al alza. El criterio que vuelve compatibles ambas reacciones existe, y es quién recibe el golpe. Sobre el adversario, la mano extranjera es justicia que por fin llega. Sobre el propio, es imperialismo.

Aristóteles tenía prevista la salida: La contradicción se disuelve si uno añade en silencio un “en cierto sentido”. Y el sentido que aquí se añade sin decirlo es de los nuestros o de los otros.

Que nadie se sienta a salvo. Quien hoy celebra la visa cancelada de un adversario está aplaudiendo el mismo acto discrecional de un gobierno extranjero que condenaría mañana si cayera sobre los suyos. La incongruencia no tiene partido. Tiene bandos, que es peor, porque el bando se hereda y el argumento se improvisa cada semana.

Aristóteles advertía que quien niega ese principio no puede decir nada en serio, porque sus palabras significarían a la vez una cosa y la contraria.

Llevamos una semana escuchando hablar a muchísima gente.