Hace diez años, después de la misa dominical, regresamos a nuestra casa; por el camino iba meditando sobre la homilía, que trató, de cuando el Señor llegó a una aldea y una mujer llamada Martha lo recibe en su casa; María, la hermana de ésta, se sienta a los pies de Jesús para escuchar su Palabra, y sintiendo Martha que su hermana podría estar mejor ayudándola a preparar lo necesario para atenderlo, le pide a Jesús le diga que la ayude con el quehacer de la casa, y Él le dice: “Martha, Martha, afanada y turbada estás por muchas cosas, pero una sola cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte y no le será quitada”. Al llegar a nuestro hogar, el teléfono sonó, se trataba de mi madre, que nos esperaba para acompañarla a comer. En otro tiempo, ese día era muy especial para la familia, pues nos reuníamos casi todos los hermanos, pero de un tiempo a la fecha, nuestra madre, si no siempre, suele estar sólo acompañada por la persona que la atiende; nos sentamos junto a ella y compartimos los alimentos, al verla tan hermosa como es, al término de la comida, la invitamos a salir de paseo; por lo general su primera respuesta suele ser negativa, pero conociéndola como la conozco, sé, que más allá de sus motivos por quedarse en su casa, su espíritu la estimula y la invita a salir, y al insistirle un poco, aceptó nuestra invitación, decidimos llevarla a una tienda departamental, pues el tremendo calor no nos permitía  recorrer las calles de nuestra amada ciudad. Cuando llegamos, al ver ella tanta diversidad de ropa de verano, conociendo sus gustos por las prendas de color blanco, le mostramos algunas, y quedó encantada, la acompañamos al probador y al verse en el espejo se agradó, vi la expresión de su cara y pude ver a través de sus ojos, que se veía tal y como ha sido siempre, hermosa, como en sus mejores años; entonces le dije: ¿Dónde se habrá metido la señora de 86 años que venía acompañándonos? Sonriendo me contestó: No lo sé, yo vine acompañada por dos jovencitos, mi hijo Salomón y su novia.

De regreso a nuestra casa, iba pensando en las palabras de Jesús, se pueden tener muchas ocupaciones, y no reconocer que el Señor ha entrado en nuestra casa.

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