“Lo más importante en la comunicación es escuchar lo que no se dice…”

Peter Drucker

 

Corría el año de 1986.

Américo Villarreal Guerra era el candidato del PRI a la gubernatura de Tamaulipas, al dejar atrás al favorito, Manuel Garza González.

Con el ingeniero Villarreal llegaba al Estado para manejar mediáticamente esa campaña electoral, quien se convertiría en el ícono de la comunicación social institucional en esta patria chica: Manuel Montiel Govea. Don Manuel, como pronto lo conoceríamos propios y extraños como muestra de reconocimiento y respeto a su trayectoria. Descanse en paz.

En el segundo mes de iniciada la búsqueda del voto, sentados en una mesa de café, platicábamos con él tres personas: El brillante político y periodista Bladimir Joch; Pedro Alfonso García, en esos años jefe de redacción de El Mercurio y hoy director general del periódico Expreso y su servidor, en ese entonces jefe de redacción del cotidiano La Verdad.

La currícula de Don Manuel era impresionante. Había sido jefe de prensa en diversas áreas del gobierno federal y de una embajada en Europa, además de Director General de una de las ediciones del Sol de México, entre otras tareas donde destacó ampliamente. Podía decirse que conocía cada palmo de la comunicación social.

Y sin embargo, en la charla, Don Manuel hizo una confesión:

“He estado en muchos lugares. Pensaba que ya nada tenía que aprender sobre manejo de prensa. Estaba equivocado, en Tamaulipas me di cuenta que no sabía nada…”

Nos sorprendieron sus palabras, dada su experiencia profesional, pero rápidamente lo explicó: “En ningún otro Estado he encontrado esta cantidad de medios, políticas tan encontradas en cada municipio y gente tan diferente en cada ciudad; éste es el trabajo más complicado que he tenido”.

Tenía sobrada razón en su percepción. En esos años circulaban una cincuentena de diarios relevantes entre matutinos y vespertinos, casi un centenar de revistas, más de 60 estaciones de radio con noticieros propios y por lo menos de 10 a 12 canales locales importantes de televisión. Y obvio, no existían las redes sociales que hoy han convertido en muchos casos a la información en tendederos de vecindad.

Años más tarde, el siguiente gobernador, Manuel Cavazos Lerma, refrendaría en forma paralela la visión de Don Manuel, al bautizar a Tamaulipas como “Confederación de Ciudades Estado”, en donde cada municipio importante era una entidad federativa dentro de otra mucho más grande.

Ha cambiado la importancia de esos medios y como consecuencia se ha reducido la influencia de algunos, pero la complejidad del Estado aún subsiste. Aún piensan diferente los tampiqueños, maderenses y altamirenses, pese a que sólo los divide líneas imaginarias. Piensan diferente en los colindantes Mante y Xico; piensan diferente en Reynosa, Río Bravo y Matamoros vecinos a unos cuantos kilómetros entre sí. No se diga la enorme diferencia entre el sentir de los victorenses comparado con el de los residentes de Nuevo Laredo.

No son sólo municipios diferentes. Se sienten casi como otros mundos.

La lección de modestia que dejó Don Manuel sobre el escenario tamaulipeco no sólo en la comunicación, sino también en el terreno político y social, aún perdura:

Siempre hay algo que aprender.

 

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