Jurgen Schmidhuber es reconocido como uno de los pioneros en la creación de la inteligencia artificial. Es de origen alemán y doctorado en ciencias de la computación por la Universidad Técnica de Munich, ha sido director científico del Instituto Dalle Molle de Investigación en Inteligencia Artificial IDSIA en Suiza, uno de los centros más influyentes en la Inteligencia Artificial del mundo. Su pensamiento central sostiene que la IA no solo es una herramienta vital para el futuro del mundo, sino una forma que transformara el curso de la evolución humana, tal como sucedió con el origen de la biología.

Schmidhuber menciona que de niño soñaba con resolver los misterios del universo, quería ser un físico como Einstein, pero a diferencia de su ídolo, no deseaba ser algo más inteligente, sino crear algo más inteligente que él, capaz de resolver los problemas que el mismo no podía.

Su travesía en el mundo de la inteligencia artificial comienza, entre otros aspectos, con su especialización en el aprendizaje profundo, el cual consiste en imitar la forma en que el cerebro humano aprende y procesa la información, aunque llevada a un nivel superior, más allá de lo que hoy podemos imaginar. Este método se basa en redes neuronales artifíciales compuestas por muchas capas, por ello se le llama profundo. Estas redes están formadas por nodos interconectados, similares a neuronas, que trabajan en conjunto para identificar patrones en grandes volúmenes de datos.

Es posible que estemos al inicio de una nueva etapa evolutiva como especie. Nuestra historia no ha sido lineal; la evolución humana pasó por muchas fases, y cada una fue clave para convertirnos en lo que somos hoy. Si nuestra historia hubiera sido lineal, todo habría avanzado de forma constante y predecible, pero no ha sido así, hemos tenido momentos de avance y pausa, e incluso de retroceso.

Nuestra historia comenzó hace 4,500 millones de años, cuando la Tierra se formó y, con el tiempo, surgió la vida. La materia dejó de ser solo materia inerte y empezó a organizarse en estructuras capaces de reproducirse y evolucionar, entonces como afirman los científicos la química se volvió biología, marcando el inicio de todo. Luego, aparecieron nuestros antecesores, y tras un largo camino evolutivo, llegamos nosotros: el Homo sapiens, una especie capaz de pensar, de forma compleja y a resolver problemas. Gracias a ello, pudimos desarrollar el lenguaje, dar forma a la cultura y, con el tiempo, construir civilizaciones.

Somos una especie realmente joven, surgimos hace aproximadamente 300 mil años. El gran punto de aceleración comenzó en el siglo XVIII con la Revolución Industrial, y desde entonces se ha vuelto cada vez más intensa, sobre todo a partir del siglo XX. Es factible, como afirman los que saben, que esto tenga que ver con la enorme cantidad de información que procesamos a diario. De hecho, Stephen Hawkings sostenía que en nuestros tiempos el registro externo de la información ha crecido enormemente. A esto se suma la cantidad de compromisos que asumimos, y esa necesidad de ir siempre deprisa, como si hubiéramos sido diseñados para ello, cuando en realidad venimos de millones de años de evolución lenta.

Y ahora justo en esta fase de la civilización, aparece una nueva fuerza transformadora: la inteligencia artificial, que no solo es una potente herramienta, sino que está diseñada precisamente para pensar, tomar decisiones, y que además puede aprender por sí misma y superar nuestra propia capacidad de razonar.

Muchos de sus creadores como Jurgen Schmidhuber, no buscaban únicamente máquinas obedientes, sino tecnología cognitiva o inteligencias artificiales, que, al almacenar información, sean capaces de experimentar, equivocarse y fijar sus propios objetivos. Esto demuestra que no estamos solo frente a un salto tecnológico, sino ante un verdadero cambio evolutivo.

La enorme ventaja del uso de la inteligencia artificial es la posibilidad de realizar una mayor cantidad de acciones en menos tiempo. En el ámbito médico, por ejemplo, ya está logrando avances sin precedentes, como la detección temprana de cáncer u otras enfermedades graves, esto significa que la esperanza de vida aumentaría. También podemos conocer los pronósticos con mayor precisión tales como el avance del calentamiento global o anticiparse como podrían comportarse los mercados en el futuro.

Sin embargo, el motivo de preocupación reside en el poco uso que podamos darle a nuestra creatividad, al razonamiento y a la toma de decisiones. Estamos delegando tareas fundamentales que, en su momento, nos permitieron evolucionar como especie, a unas máquinas cuya forma de procesar y utilizar la información aun no comprendemos del todo.

Cuando Jürgen Schmidhuber habla de dos tipos de Inteligencia Artificial se refiere a una diferencia esencial. Por un lado, está la IA que solo obedece instrucciones humanas, traduce textos, reconoce rostros, responde preguntas. Es útil, pero su inteligencia es limitada porque depende completamente de lo que los humanos le dicen que haga.

Por otra parte, está la IA autónoma, aquella que tiene la libertad de fijar sus propios objetivos. Decide qué investigar o aprender, se equivoca, prueba experimenta, y muestra una curiosidad parecida a la de un humano en sus primeros años de vida, solo que el ser humano tarda décadas en llegar a comprender, mientras la IA podría lograr más en menos tiempo.

El siguiente paso, nos advierte Schmidhuber, es que esta inteligencia artificial autónoma no solo nos ayude a resolver problemas humanos como enfermedades, el clima y la economía, sino que, eventualmente empiece a expandirse fuera de la tierra, hacia el universo, actuar por su propia cuenta sin depender de las instrucciones humanas.

Hasta hoy, no se sabe con certeza que características concretas tendrá este cambio evolutivo. Lo que sí parece evidente es que, en esta transformación utilizaremos menos nuestro cerebro. Y aunque no es un musculo funciona como tal, cuando no se ejercita, simplemente se atrofia.

El tiempo, sin que lo notemos, transcurre aceleradamente, y no hay forma de detenerlo. Necesitamos hacer algo para que nuestra creatividad y nuestro razonamiento no se desvanezca. Y eso solo será posible con un cambio profundo de conciencia.

Enfocado al tema en cuestión, el historiador Yuval Noah Harari refirió: “La inteligencia artificial puede crear nuevas oportunidades, pero también nuevas desigualdades y formas de control. Sin un cambio de conciencia global, el poder de esta tecnología puede desbordar nuestra capacidad para manejarla.”