No era un dÃa cualquiera, acaso, era un dÃa más en la vida de algunos de los miembros de mi familia paterna; corrÃa el año de 1960 y estaba de moda entre los jóvenes el Rock, yo estaba por llegar a la etapa de mi adolescencia y me encontraba de vacaciones en Cd. Victoria en la casa de mis abuelos Don Felipe Beltrán Gracia y Doña Abigail GarcÃa, aproximadamente eran las 18:30 horas y estaba por caer la tarde.
Mi abuelo Felipe estaba sentado en una de las 3 sillas tipo butaca de cine, misma que habÃa bajado de la pequeña sala cinematográfica que habÃa habilitado para proyectar y exhibir pelÃculas y documentales que le hacÃan llegar de los Estados Unidos algunos familiares; recuerdo que yo acababa de consumir algunos alimentos de poco valor calórico en el comedor, pues era costumbre familiar cenar temprano, ésto, para darle tiempo al cuerpo de hacer una buena digestión y asà evitar tener algún inconveniente durante la etapa del sueño; me dirigà pues, a la entrada de la Botica Francia propiedad de mi abuelo, al verme aquel señorón me pidió que extendiera mi brazo y llevara mi mano hacia él, ésto para hacerme la acostumbrada broma de tronar cada uno de los dedos de las manos, habiendo cumplido con lo que consideraba un ritual, le solicité permiso para cruzar la calle 8, la botica se encontraba entre las calles Matamoros y Guerrero y al frente se podÃa admirar un costado de la famosa Casa del Arte, considerada patrimonio histórico cultural y que fue inaugurada en 1913, que se deslindaba de la vialidad, además de la banqueta, por una estructura arquitectónica a la que yo les llamaba los pequeños resbaladeros para niños, en esa ocasión pude ver que mi primo Luis Felipe Orozco Beltrán y uno de los hijos de la tÃa Cata, de nombre Ismael si mal no recuerdo, se encontraban tocando guitarra entonando algunas piezas de baladas rock en español de la época; tan afinados como eran los escuché cantar 100 kilos de barro, La novia de mi mejor amigo y Fue en un café; aún me parece escucharlos en aquella tarde noche calurosa, mientras yo admiraba la gran proeza de mi abuelo Felipe al construir aquella enorme casa de cuatro niveles, que tenÃa habitaciones de sobra, algunas de ellas tan iluminadas que parecÃa que la luz quedaba cautiva entre sus paredes, otras tan enigmáticas que encerraban por sà misma una historia sorprendente.
Cuando iba imaginar mi abuelo Felipe, un farmacéutico y boticario prominente, quien en varias ocasiones, dio alberge a la primera comunidad de médicos contemporáneos de la ciudad, que un dÃa, uno de sus nietos, de nombre Salomón, tendrÃa la misión de ser parte fundamental de la estancia y fundación de las primeras escuelas de PsicologÃa, Medicina y OdontologÃa de nuestra muy amada ciudad Victoria.
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