(Páginas del libro que nunca escribí)
Y respiré profundo, porque dicen que con ello se relaja el cuerpo cuando te sientes ofuscado, cuando la ansiedad aparece después de un inesperado mal entendido, o de un altercado indeseado. Soy hombre de paz me dije, y no me veré involucrado en reclamos menores por detalles sin importancia, diré no a la jactancia de pensar que me asiste la razón, y si la tuviera, que más da, vale más la salud, que un montón de sentimientos agridulces; y así fue como concedí, para no mal pasar el día. ¡Ah! pero aquel gusanillo detestable de la ira contenida, siempre estaba por ahí, esperando el mejor momento, que para mí sería el peor; lo percibí, tratando de asomarse a pesar de la aparente apatía con la que manejaba el momento, pues no quería repetir la dosis de desagrado a la que ya estoy acostumbrado, y que por cierto, hasta mi mujer lo ha notado.
-Te gusta entrar en conflicto recurrente -me dijo- y renegar de las cosas triviales del pasado y del presente, quizá hasta te has vuelto adicto a ese tipo de martirio incomprensible que te hace salir de tus casillas para ponerte enfrente de cualquier aparente temporal, y todo porque crees escuchar los truenos o ver el destello de los relámpagos en el cielo.
-Mejor calla mujer, lo que busco es el consuelo, ante no poder contener la negativa que corre de arriba para abajo y de abajo para arriba; calla por favor y deja que respire profundamente otra vez, qué acaso no has oído que tiene que ser hasta diez. Sí, mira que ya me está resultando, ahora dime ¿me ves calmado?
-Pues yo te miro tranquilo, mas no tienes cara de apaciguado.
-¡Con un carajo! qué tiene mi cara, es la de siempre, la misma, la de amargado, ya deberías de estar acostumbrada.
-Pues a eso me refiero, a que con los años se te está haciendo costumbre el vivir con ese reiterante reniego.
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