Hay una regla que cualquier comerciante de mercado conoce y que la diplomacia disfraza de tecnicismos: en una negociación, el que puede levantarse de la mesa en el momento que quiera, ya ganó. No necesita amenazar ni alzar la voz. Le basta con mirar el reloj. El otro, el que no puede irse, negocia con miedo. Y el miedo firma mal.

 

El 1 de julio, Estados Unidos aplicó la regla de libro: se negó a renovar el T-MEC en su forma actual. No lo rompió, pero hizo algo más fino: lo dejó vivo, pero sujeto a revisión anual hasta 2036. Ganó sin firmar nada.

 

¿Por qué puede darse ese lujo? Por la aritmética de la dependencia. Ocho de cada diez dólares que exporta México van a Estados Unidos; nosotros, en cambio, representamos alrededor del 15 por ciento de su comercio exterior. Para México, Estados Unidos es el mercado; para Estados Unidos, México es un socio importante, pero uno entre varios. Casi un tercio de nuestra economía vive de ese intercambio. Cuando uno necesita al otro para comer y el otro solo para comer más barato, no hay tratado que empareje la mesa.

 

Y mientras se “negocia”, el fuerte cobra. Arancel de 50 por ciento al acero y al aluminio, con nuestras exportaciones de acero cayendo 36.6 por ciento. Arancel de 25 a los automóviles. En el último año, México pagó cerca de 23 mil millones de dólares en aduanas estadounidenses. A la mesa, Washington llegó con más de medio centenar de exigencias; México, con doce propuestas y una petición: que quiten los aranceles. Ese marcador no describe una negociación entre socios. Describe una audiencia del dominado vs el dominante.

 

Ahora lo que viene,  es lo que más importa: la revisión anual. Suena a trámite administrativo. Es veneno para la inversión. Una planta automotriz se amortiza en quince o veinte años; una siderúrgica, en más. ¿Quién ancla mil millones de dólares en un país donde las reglas de acceso a su principal mercado se renegocian cada doce meses? El famoso nearshoring necesita exactamente lo que acabamos de perder: certeza de largo plazo. La incertidumbre no cancela las inversiones de golpe; las pospone. Y posponer, en economía, es la manera elegante de matar.

 

El gobierno responde que los mercados “ya lo descontaron”, y es verdad que el peso no se movió. Pero una cosa es el tipo de cambio de esta semana y otra la fábrica que ya no se va a construir en 2028. Esa no aparece en ninguna pantalla. En mi libro escribí que el mercado nunca fue una cancha pareja, sino una construcción del poder. Esta semana lo vimos en vivo.