Hay momentos en mi vida, en los que pienso que existen espacios de tiempo en los que puedo llegar a experimentar una real aridez del pensamiento, donde me veo caminando por las anfractuosidades de mi desértico intelecto, sin encontrar ideas significativas, cuando en realidad, paradójicamente, siempre estoy navegando en un mar embravecido por constantes tormentas de palabras que buscan afanosamente transformarse en extraordinarias ideas.

A mi izquierda, la palma centenaria luciendo un esplendoroso verde, mueve felizmente su follaje, como agradeciendo al creador por su vitalidad constante y aunque en apariencia no tuviera inteligencia, parece en realidad una terminal nerviosa de un enorme sistema pensante perteneciente a la madre tierra.

A mi derecha, la inmovilidad de un acervo cultural que resguarda las ideas de muchos pensadores, que igual forman los millones de granos de arena del ahora desierto de las ideas, por extraño que parezca no hay obsolescencia, sólo están ahí en espera de un reacomodo que sume o reste o actualice según se necesite.

Deambulando por las anfractuosidades del tejido nervioso que aloja al pensamiento, cuando se tiene fe, no se pierde la esperanza de encontrar el oasis donde se origina el manantial de agua viva que alimenta el pensamiento de los que, como yo, en un momento dado, puedan experimentar la aridez que amenaza con secar la voluntad de ejercer el bendito potencial de creatividad que por Dios nos fue heredado.

En la superficialidad de una efímera mirada, puedo ver, pero para comprender, es necesario viajar a la profundidad del ser, porque es ahí donde se encuentra el origen de la realidad.

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