Mi nieto José Manuel de 9 años de edad, no dejaba de verme, esperando tal vez, que  diera un cabezazo a la pantalla de la computadora, porque trataba de mantenerme despierto mientras intentaba escribir un enfoque; hacía apenas unos minutos había terminado de comer y el día de trabajo no había sido precisamente tranquilo y la somnolencia postprandial hacía el efecto adormecedor, en otras palabras estaba experimentando la típica pesadez y el sueño que da tras comer, ésto ocurre porque la glucosa de los alimentos inhibe ciertas células del cerebro encargadas de mantenernos despiertos, comúnmente se le conoce como “ Mal del puerco”.

Pues bien, mi inteligente nieto rompió este benigno y temporal evento, al pedirme lo sacara de una duda, él quería saber si el cerebro y el cuerpo, a pesar de formar parte de la anatomía del cuerpo humano, podían considerarse dos partes independientes y con cierta autonomía.

No queriendo introducirme a un tema tan complejo en ese momento para distraerlo le dije que le contaría un cuento breve sobre un diálogo entre ambas partes: He aquí un relato fantástico, escrito en una tarde donde la mente le reclama al cuerpo no ceder al cansancio y cumplir con sus deseos de seguir expresando lo que siente, y acostumbrado en ser obedecido, le exige al cuerpo acatar la orden de escribir su sentir, pero el cuerpo, con un reproche más que válido, le exige a la mente lo deje descansar, y fue tanta la insistencia de la mente, que el cuerpo cedió a la mencionada orden y le dijo a la mente que detallara su intensión, así es que ésta de inmediato le pregunta: ¿Por qué no quieres obedecerme? Y El cuerpo le contesta porque éste no es el momento oportuno ¿Cuál es para ti el momento oportuno?

Entonces le responde la mente: Yo soy el caminante que como sombra te sigue a todos lados, y continuó diciendo: Yo he caminado por el desierto de las inconformidades, y sólo aprendí a guardar resentimiento y tristeza, cegado muchas veces por las frustraciones y el desánimo, por ello, sigo caminando sin importar donde pisan mis cansados pies, mismos, que cargaban un peso paradójicamente liviano, ya que siendo tan liviano como un sueño que se esfuma al despertar,  suele ser mentalmente tan pesado por el valor que le damos a todo lo indeseable; todo parece tan confuso, que no me doy cuenta cuándo la arena se convierte en tierra fértil al caer, en el momento oportuno, la lluvia que renueva, y con ella, las bendiciones que causan el milagro de resucitar a una nueva vida; pero he de reconocer, que en lo profundo, no deseo padecer tal ceguera, porque no me permite distinguir lo gris de la penumbra de lo verde reivindicador de la esperanza, no distingo pues, los pensamientos desmotivantes y oscuros, de la claridad de la luz brillante, que te despierta a ti, cuerpo, e incluso, lo importante que es el despertar también al espíritu que te anima para lograr el  disfrute de la vida,  para hacerme sentir a mí la alegría de  hacerte saber lo muy afortunado que eres por existir en el momento oportuno.

Ya vivida la experiencia, mente y cuerpo comprendieron, que para ser un verdadero ser humano se requiere del trabajo armónico, sin olvidar que lo que hace al cuerpo moverse y trascender más allá de la vida, es el espíritu. Entiendes tú esto Josesito. Mi nieto contestó: No del todo, pero seguramente el espíritu que mueve mi cuerpo le dice a mi mente que nos vayamos a acostar, porque ya me dio también el sueño.

 

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