Y el árbol dijo: No quiero perder ninguna de mis hojas, y pidió al viento frío dejara de soplar, mas el viento no podía parar a voluntad, porque ésta no le pertenecía, así es que al pasar junto al árbol lo sacudió de tal manera que perdió casi todo su hermoso follaje, sólo le quedó una hoja, que siendo en apariencia la más débil tenía un pedículo fuerte adherido con igual firmeza a los deseos de su origen.
Al ver el árbol, el tendido de hojas caídas sobre el suelo, pareciendo una suave alfombra de color verde esperanza, ésta se dispuso ansiosa a ser pisada, el árbol trató de inclinarse para recubrir con ella la desnudez de sus ramas, pero era tal su rigidez debido a su añosidad, que sólo sintió un crujido de su tallo, que al doblase se astilló, evidenciando con ello una profunda herida leñosa de donde empezó a brotar la transparente savia que lo alimentaba y daba fortaleza a sus ramas, desistiendo entonces de su intensión, y procedió a enderezarse, mas no le fue posible hacerlo, porque podía soportar el dolor que le causara la herida, mas no la posible fractura de su total estructura, quedó pues el árbol inclinado semejando a un ser que pedía perdón y clemencia,
El aire seguía soplando, pero ahora menos intenso, pero cálido, creando un agradable ambiente, mismo que atrajo múltiples aves canoras de vistosos colores que se posaron sobre las ramas desnudas del árbol, cubriéndolo como si fuera un manto de fina lana de color rojo y azul, en ese momento el árbol dejó de sentir dolor; las aves gustosas empezaron a entonar un canto armonioso cuyas notas estimularon la aparición de un florido campo, cuyo agradable aroma impregnó el entorno; no muy lejos ocurría algo extraordinario, de lo alto bajó un rayo de deslumbrante luz blanca, circundada por destellos azul cielo, mismo que sin tocar el suelo fue configurando al Esperado, el cual avanzó hasta la alfombra verde esperanza que yacía a los pies del árbol, mientras eso acontecía, las aves cesaron su canto de alabanza al escuchar una amorosa voz que decía: “Bienaventurados los que tienen puro su corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5:8).
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