El efecto de asombro y de misterio que me ocasiona el observar el cielo una noche clara, imaginar la existencia de otros mundos en la inmensidad del Universo, más aún, preguntarme de dónde venimos o que había antes en lugar de nada, me parece lo más cercano a encontrarse con el pensamiento filosófico-cósmico.

Con todo esto, no es motivo de asombro encontrar en el transcurso de la historia a destacados filósofos que en su inicio fueron también grandes observadores del firmamento celestial.  Valga como ejemplo referir, que la Astrología –como solía llamarse a la astronomía- estaba basada en creencias donde los mundos lejanos poseían ciertas características capaces de describir algunos rasgos de la personalidad humana, incluso, predecir su destino. Sin embargo, al desarrollarse diversas teorías basadas en la comprobación de ecuaciones matemáticas, y la intervención de otras ciencias, la astronomía nos ayudó a entender y encontrar nuestra situación en el cosmos.

Considero que existe una estrecha cercanía entre estas dos concepciones, la filosofía ha surgido gracias la curiosidad humana, lo cual pone de manifiesto que la inspiración de los filósofos para exponer su opinión acerca de la verdad y el origen de las cosas provenía en gran parte de los extensos periodos que empleaban en la observación cósmica.

A todo esto, constantemente recuerdo y me complace escribir y compartir un pequeño resumen de la vida de Baruch Spinoza (1632-1677), nacido en Ámsterdam, reconocido como uno de los grandes Filósofos de la época moderna; de igual forma, un hombre tenaz en los estudios de la existencia del Universo.

Durante la brutal época de la inquisición en España y Portugal, allá por los siglos XVI y XVII fueron muchas las personas que huyeron y se refugiaron en Ámsterdam, la mayoría de ellos eran judíos, vivían con un alto grado de temor, pues temían ser torturados para convertirse al cristianismo, y en Holanda habían encontrado cierta tranquilidad. En una ocasión reunidos en la Sinagoga quedaron consternados al escuchar la intervención de un joven, de nombre Baruch Spinoza, que comenzó a hablar en público y manifestar su opinión sobre un nuevo tipo de Dios. Baruch Spinoza había sido miembro de la comunidad judía desde temprana edad, después de declarar en banca rota la finca de frutos secos que le heredó su padre, se dedicó al estudio de la biblia, también a pulir lentes para telescopios, el sostenía que con ello “buscaba encontrar otros mundos, ya sea pequeños o grandes”.

El Dios de Spinoza “NO era un ser iracundo ni racional”, era una de sus afirmaciones en su prédica. Sus frecuentes exposiciones, sobre la forma de entender el espíritu de Dios, incomodó a la comunidad judía, pues lo veían como una amenaza para su tranquilidad, y era comprensible, la pacifica vida que tanto esfuerzo les había costado construir en Holanda, se podría ver afectada por los sermones de Spinoza. Los rabinos de la congregación judía tomaron la decisión de expulsarlo, argumentaron que sus presentaciones eran “opiniones malignas”; así sin más, Spinoza acepto tal determinación y con ella el rechazo de la comunidad judía holandesa, misma que recibió con ecuanimidad y continuó con su vida dedicada a pulir lentes para microscopios y telescopios. Aparte, por las noches se dedicaba a leer, especialmente escritos de Descartes, el cual debió tener un papel decisivo en el pensamiento de Spinoza.

En el “Tratado Teológico Político” (1670) de Baruch Spinoza, uno de sus segmentos, lo dedicó a la interpretación de la supuesta transcendencia de los milagros y refiere: “(…) los milagros son vulneraciones de las leyes de la naturaleza. Si Dios es el autor de las leyes naturales ¿no debería ser comprendido a través de ellas? (…) Dios no era una proyección de los miedos y las esperanzas de los humanos, sino la fuerza creadora responsable de la existencia del universo, una fuerza que se podía entender mejor ante el estudio de las leyes de la naturaleza”.

La filosofía de Spinoza abarca diversos aspectos que considero merecen una profunda reflexión; sin embargo, quiero destacar principalmente su creencia de que Dios y el Universo son una y la misma cosa. De igual forma, cuando se refiere a la Ética Holística, que es un concepto similar a lo que actualmente promueven los ambientalistas modernos que dicen: “si haces daño al Universo, haces daño a Dios; si lastimas a otros, te lastimas a ti mismo”. Es decir, se privilegia la armonía de todo lo que existe en sus múltiples interacciones.

Para finalizar, un dato relevante sucedió en el año de 1920, cuando el gran Albert Einstein visitó el humilde taller, próximo a La Haya, el cual se conserva como “un testimonio de la gran influencia de la filosofía de Spinoza”. Por ello, a este científico mundialmente celebre por descubrir una nueva ley de la naturaleza, “a menudo le preguntaban si creía en Dios”. Albert Einstein, respondía:

“Creo en el Dios de Spinoza, el cual se manifiesta en la armonía de todo cuanto existe”.