No todos los retrocesos democráticos se explican desde el poder. Algunos comienzan mucho antes, en silencio, cuando el ciudadano se cansa, cuando deja de participar, de exigir, de preguntar, cuando la apatía se instala no como decisión, sino como mecanismo de defensa frente a la decepción constante.
El ciudadano cansado no es indiferente por naturaleza, llega a ese punto después de promesas incumplidas, de discursos vacíos, de gobiernos que piden confianza, pero rehúyen la rendición de cuentas. Se cansa de votar sin sentir que su voz incide, se cansa de escuchar que todo va bien cuando su realidad dice lo contrario.
Ese cansancio tiene consecuencias profundas, la apatía no es neutral: también gobierna. Gobierna cuando la participación disminuye, cuando la crítica se apaga, cuando el espacio público se vacía, y en ese vacío, el poder se mueve con mayor comodidad.
Una de las expresiones más claras de este desgaste es la abstención electoral. El ciudadano cansado deja de salir a votar porque siente que no sirve de nada, que todos son iguales o que el resultado ya está decidido, pero mientras muchos se quedan en casa, el poder no descansa: moviliza a los suyos, estructura su base y utiliza el aparato del Estado para asegurarse continuidad.
Así, la apatía ciudadana se convierte, sin quererlo, en aliada del poder. Porque una democracia con baja participación no refleja pluralidad, refleja desigualdad. No gana quien representa a la mayoría, sino quien logra activar a su núcleo duro, y de esa forma, los gobiernos no solo ganan elecciones: se perpetúan.
En México, este fenómeno es evidente, la narrativa que desacredita la participación, que ridiculiza al ciudadano crítico o que minimiza el valor del voto ha calado hondo. Frente a ello, muchos optan por retirarse. No porque no amen al país, sino porque sienten que involucrarse desgasta más de lo que transforma.
Pero el problema es que no votar no castiga al poder, lo fortalece.
La ausencia en las urnas no es un mensaje de protesta que el sistema escuche; es un silencio que el poder aprovecha, cada voto que no se emite es una decisión que otros toman.
La democracia no se debilita solo cuando se manipulan elecciones, sino también cuando se vacían de ciudadanos, cuando el derecho al voto se transforma en indiferencia, cuando el cansancio vence a la responsabilidad cívica.
Esto no es un reproche al ciudadano, es una advertencia.
El cansancio es comprensible, la frustración es legítima, pero renunciar al voto es renunciar a uno de los últimos espacios reales de incidencia colectiva.
Votar no garantiza gobiernos perfectos, pero no votar garantiza gobiernos menos representativos.
Recuperar la democracia implica gobiernos que den resultados, instituciones que funcionen y políticas públicas que devuelvan la confianza. Pero mientras eso ocurre, la participación sigue siendo indispensable, porque cuando el ciudadano se retira, el poder no se detiene.
El ciudadano cansado no es el enemigo de la democracia.
Es su síntoma más preocupante.
Porque cuando la apatía gobierna, el poder no necesita imponerse.
Solo necesita que los demás no salgan a votar.