Hoy vuelven a abrirse las puertas de las escuelas, regresan las mochilas, los uniformes, los cuadernos nuevos, las prisas de las familias y también la esperanza de millones de niñas, niños y adolescentes que comienzan un nuevo ciclo escolar.

Pero mientras ellos regresan a las aulas, los adultos deberíamos hacernos una pregunta incómoda:

¿Qué estamos entendiendo hoy por educar?

En los últimos años, la educación en México ha experimentado cambios importantes, algunos parten de principios que comparto: una escuela más humana, incluyente, menos punitiva y capaz de reconocer que no todos los alumnos aprenden de la misma manera ni enfrentan las mismas circunstancias, el problema comienza cuando, en nombre de esa visión, corremos el riesgo de confundir comprender con dejar de exigir.

Hoy la asistencia ya no determina por sí misma la acreditación, la evaluación busca ser integral y no reducirse únicamente a una calificación, también hemos comenzado a cuestionar prácticas tradicionales de reconocimiento académico y existen docentes que recurren a materiales complementarios porque consideran insuficientes los libros oficiales para atender las necesidades reales de sus grupos.

Cada una de estas decisiones puede tener una explicación pedagógica, pero vistas en conjunto también merecen una reflexión. Porque una escuela que tiene miedo de exigir corre el riesgo de terminar enseñando que el esfuerzo es opcional, y la vida no funciona así.

En la vida hay horarios que cumplir, responsabilidades que asumir, compromisos que respetar y consecuencias cuando no hacemos lo que nos corresponde.

¿Por qué la escuela debería dejar de enseñar precisamente eso?

Educar también es poner límites, no para castigar, para formar. Por eso me parece pertinente el debate que hoy existe sobre el uso de los celulares en las escuelas.

Como docente reconozco perfectamente sus ventajas, la tecnología facilita la investigación, la comunicación y muchas actividades didácticas, para algunos estudiantes, además, el teléfono es el único dispositivo tecnológico al que tienen acceso. Pero también conozco la otra realidad.

El celular dentro del aula puede convertirse en uno de los mayores distractores, una notificación interrumpe una explicación, un mensaje se vuelve más importante que una actividad.

También hemos visto fotografías tomadas sin consentimiento, memes y stickers elaborados con imágenes de compañeros o docentes e incluso transmisiones realizadas durante las clases y eso ya no es innovación educativa, es un problema de límites, respeto y convivencia. Por eso creo que debemos regular su utilización entre los estudiantes durante las clases, contemplando naturalmente situaciones de emergencia o aquellas actividades en las que el propio docente determine que el dispositivo tiene una finalidad pedagógica.

Pero regular no significa prohibir sin pensar. Y tampoco creo que pueda tratarse exactamente igual el uso que hace un estudiante del celular que el que realiza un docente en ejercicio de sus responsabilidades.

Muchos maestros utilizan hoy el teléfono para consultar planeaciones, registrar información, acceder a materiales didácticos, desarrollar ejercicios o atender comunicaciones relacionadas con su trabajo.

La discusión, entonces, no debería ser simplemente celular sí o celular no.

La pregunta debería ser: ¿para qué, cuándo y bajo qué reglas?

Una educación humanista no tiene por qué estar peleada con la disciplina, la inclusión no significa ausencia de reglas, la empatía no significa renunciar a evaluar, los derechos no eliminan las responsabilidades, y reconocer el esfuerzo de quien se prepara, cumple y obtiene buenos resultados tampoco significa menospreciar a quien necesita más tiempo o acompañamiento para aprender.

Podemos construir una escuela donde nadie sea humillado por equivocarse y, al mismo tiempo, enseñar que las decisiones tienen consecuencias.

Podemos acompañar sin sobreproteger, podemos comprender sin justificarlo todo, podemos utilizar tecnología sin permitir que la tecnología gobierne el salón, y podemos reconocer el mérito sin abandonar a quien necesita ayuda.

Hoy millones de estudiantes regresan a las aulas, también regresan miles de maestras y maestros que todos los días intentan hacer mucho más que enseñar matemáticas, español, ciencias o historia, intentan formar personas. Y quizá deberíamos volver a confiar un poco más en ellos.

Porque quienes diseñan las políticas educativas conocen los modelos pedagógicos. Pero quienes están frente a un grupo conocen la realidad.

Escuchemos también a los maestros, y devolvámosle a la escuela algo que nunca debimos confundir con autoritarismo: la posibilidad de establecer reglas, reconocer el esfuerzo, exigir responsabilidad y enseñar que nuestros actos tienen consecuencias.

Porque educar no es preparar a nuestros hijos para una escuela donde nada les resulte incómodo, es prepararlos para una vida en la que necesitarán criterio, disciplina, responsabilidad y carácter para salir adelante.

Poner límites también es educar…

Porque al final, la realidad siempre encuentra la manera de hacerse escuchar.