“¡Ay de los que dictan leyes injustas, y de los que decretan tiranía, para quitar el derecho a los pobres y para robar el juicio a los desvalidos!” (Isaías10:1-2).
El pueblo triste clamaba a Dios por misericordia y justicia, se lamentaba, entre otras cosas, por el desamparo, el hambre y la desesperanza; el Señor escuchaba los lamentos de su pueblo y les pedía a través de sus mensajeros que no abandonaran su fe, una fe que abriera sus ojos a la verdad, a la escucha atenta del espíritu para no dejarse engañar por los falsos profetas; les pidió que observaran, sin el deseo de recibir milagros para encontrar la paz; les habló del hecho de que en todo lo que va de la historia de la humanidad ha habido malos gobernantes, los que rara vez actúan al margen de la ley y suelen manipular las instituciones y los juicios para que sus desatinos parezcan legítimos; también les advirtió sobre el peligro de la complicidad pasiva, sobre todo de los ancianos que por sus debilidad física, su discapacidad y el miedo al abandono, suelen ceder a la tentación de vender su dignidad, y qué decir de la complicidad de los principales de las ciudades que, olvidándose del juramento por la confianza que el pueblo les concedió, cierran los ojos a la verdad y por miedo o conveniencia cumplen los ordenamientos encubiertos como falsa fachada legal; la solidaridad fingida, siempre suele ser una trampa de los que utilizan la moralidad pública como pantalla de humo para engañar a los necesitados y vulnerables.
La historia de la viña de Nabot (1Reyes 21) nos muestra un retrato atemporal de la degradación institucional: Un gobernante que confunde el liderazgo con la propiedad absoluta de los bienes y derechos de sus ciudadanos; hay que evitar que se vulnere el Estado de derecho y la justicia; el poder que necesita torcer las leyes, simular actos de piedad o usar la burocracia para asfixiar al vulnerable, es en realidad un poder débil, carente de legitimidad moral; Nabot nos enseña que existen valores esenciales como la dignidad, la verdad, la herencia ética y la libertad de conciencia, que no son negociables, ni siquiera ante las ofertas o amenazas del poder en turno. La integridad espiritual es el ancla que impide que los ciudadanos se conviertan en meros peones de las ambiciones ajenas.
Sigamos orando por la paz, la justicia cimentada en el amor, la humildad y el respeto muto, para tener una sociedad más libre, más justa y más humanista.
Dios bendiga a nuestra familia y bendiga todos nuestros Domingos Familiares.
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