“Ved, pues, cómo habéis de orar: Padre nuestro que estás en los cielos: santificado sea tu nombre; venga el tu reino; hágase tu voluntad, como en el cielo, así como en la tierra. El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación; más libranos del mal. Amén.” (Mt 6:9-13)

Érase que llegó a mí un sueño, al dormir angustiado por la sensación de un vacío del alma, érase que fue verdad o sólo la necesidad de que así fuera, pero puedo asegurarles, que la fe fue el catalizador para tender el puente ente lo divino y una humilde parte de la creación del Todopoderoso; el viento iba y venía, de frío a cálido, disipando la bruma de la amargura y el resentimiento, desvaneciendo las frustraciones, aclarando la mente, liberándola por un momento; fue entonces cuando apareció aquella hermosa luz y con ella la claridad del entendimiento, esa poderosa energía que al iluminar el entorno  despejaba todas las dudas, haciendo reposar el alma en la armonía divina que genera la pertenencia al amor de un todo; entonces se escuchó una sintonía nacida de las vibraciones por la resonancia que, como  una dulce  voz , llegaba a mí  diciendo: Venid a mí todos los que se sienten huérfanos de padre,  ya sea por que habitan en mi reino, ya sea por la ausencia, la separación o el abandono. Descansen en mí todo sentimiento que mortifica al espíritu y al cuerpo. Venid a mí los que necesitan sentir el amor de padre, dejar que su yo niño venga a mis brazos, porque para mí todos son mis hijos, producto de mi amor por la humanidad. Recuerden que yo vencí a la muerte y al morir no se muere del todo. Vivan y amen como yo los he amado, para que más que ver lo que parece obscuro, tiene como corazón la luz que emana de mi amor por ustedes.

El calor generado por la fricción de lo material y lo divino, hizo llegar a mi cuerpo material el alivio de sentir como una cascada de agua viva caía sobre mi cuerpo, despertando feliz, aunque bañado en sudor.

He aquí un hijo que tuvo un padre terrenal, el Señor me obsequió esa dicha; he aquí un padre que se goza en haber creado a sus hijos para que ellos lleven en sus genes el legado de paternidad que yo heredé de mi Padre Celestial y mi padre terrenal.

Dios bendiga a todos los Padres hoy y siempre, que la oración del Padre Nuestro nos acerque a Dios, pues en él lo alabamos, refrendamos nuestro propósito de hacer su voluntad e ir a su reino, suplicamos su amparo para tomar de el Pan divino, alcancemos el perdón por todos nuestros pecados y nos enseñe a perdonar a los que nos han ofendido.

Dios bendiga todos nuestros Domingos Familiares.

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