En una democracia, no basta con que existan elecciones, también debe existir algo más importante: confianza en quien las organiza.

Por eso el nombramiento de tres nuevos consejeros del Instituto Nacional Electoral no es un trámite administrativo ni una simple decisión legislativa, es un mensaje político, y cuando ese mensaje proviene de una mayoría que ha hecho de la captura institucional una práctica constante, la preocupación deja de ser partidista y se vuelve democrática.

La Cámara de Diputados designó la semana pasada, con los votos de Morena y sus aliados, a tres nuevos consejeros del INE para un periodo de nueve años: Arturo Manuel Chávez López, Blanca Yassahara Cruz García y Frida Denisse Gómez Puga. La oposición votó en contra y cuestionó tanto el proceso como los perfiles seleccionados, particularmente por su cercanía con el oficialismo.

No se trata solo de quiénes llegan, se trata de cómo llegan y de lo que representan.
El problema de fondo no es la militancia formal, es la afinidad política en un órgano que, por definición, debería sostenerse sobre la imparcialidad.

Cuando el árbitro electoral comienza a parecer cercano a una de las partes, la confianza deja de descansar en la institución y empieza a depender de la sospecha. Y una democracia sostenida en sospechas es una democracia debilitada.

El INE no es un órgano menor, es una de las instituciones más importantes de la vida pública mexicana, su autonomía no fue una concesión del poder, fue una conquista democrática construida precisamente para evitar que el gobierno organizara sus propias elecciones.

Ese fue el aprendizaje institucional de décadas. Separar al poder del árbitro, poner distancia entre quien compite y quien cuenta los votos. Hoy esa distancia se reduce.

Lo preocupante no es solo la designación de tres consejeros, lo preocupante es el patrón. La colonización de instituciones se vuelve evidente cuando el poder deja de convivir con contrapesos y comienza a ocuparlos. No desaparece la institución; permanece el nombre, pero cambia la función. Ese es el riesgo.

Como he sostenido en columnas anteriores, las democracias no suelen perderse en un solo acto, se desgastan poco a poco, cuando los contrapesos dejan de incomodar al poder, cuando las instituciones dejan de contener y comienzan a ceder.

Eso no significa que la democracia haya desaparecido, significa algo igual de serio: que puede comenzar a vaciarse desde dentro.

México ya aprendió que no hay democracia sólida sin árbitros confiables. Y cuando el poder político empieza a sentirse cómodo con el árbitro electoral, lo prudente no es aplaudir, es preocuparse.

Porque una democracia no se debilita solo cuando se manipula el voto, también se debilita cuando se erosiona la confianza en quien debe contarlo. Y cuando el poder deja de respetar la distancia con las instituciones, lo que se pone en riesgo no es solo una elección, es la democracia misma. Tiempo, al tiempo…

Porque al final, la realidad siempre encuentra la manera de hacerse escuchar.