Me quedo con el recuerdo amoroso de no haber sido sólo una carga para ti, me quedo con tus besos y tus caricias, muchas o pocas, pero suficientes para sentir que me amaste como a pocos, y eso, eso me hacía sentir diferente a los demás, porque el amor que me ofreciste me mantuvo de pie en las horas más tristes que pasé en la soledad que nunca pedí, pero que acepté en la idea de que esa era la única manera de pagarte cuanto hiciste por mí.
Me quedo con tu mirada limpia y compasiva, que llegó a despertar mi alma dormida para nacer a esta vida, que pareciendo mar en calma, desató en mi corazón la tormenta que me diera un motivo para existir, y ese era el amarte por siempre sólo a ti, sin reproches, sin medida, aunque existieran momentos en que pareciera perder la razón, al no encontrar la salida para convencerte del por qué fuiste para mí la elegida.
Me quedo con los momentos de profunda reflexión generados por todas las controversias que denotaran en los dos la estéril cerrazón para encontrar la solución de lo que pareciera una locura y sólo requería el tener compasión para vencer la resistencia de un orgullo herido en medio en una áspera discusión que ameritaba el perdón.
Me quedo con el silencio que me impone tu inconcebible condición de parecer la única y más eficaz medicina que te puede sanar de lo que no te permite dormir por considerar que eres la luz que les ha de llegar a todos aquellos que aún viven en la obscuridad.
Me quedo con la parte del plan que tu mente concibiera para desarrollar tus benevolentes virtudes de darte a todos los demás para ocupar tu lugar en las esferas divinas; pero no se te olvide, que aquel que pareciera ser el menos visible para ser amado, resultó ser el más necesitado.
Me quedo con la satisfacción de no haber renunciado al amor, aunque para muchos haya sido invisible, porque todos en la vida tenemos una misión y la mía tal vez haya sido la de tener que sacrificarme y vivir en el olvido de los que sólo recordarán que por más castigo que parecieran estar sufriendo, aprendieron la lección de que, para vivir el verdadero amor, tiene que ser compartido aún con aquellos que parecieran no tener el don de enamorarse.
Me quedo pues, en el mismo lugar que me impone mi necia necesidad de sentirme el más pequeño, en la esperanza de ser amado con la misma intensidad de los que no lo piden, pero atraen para sí el amor de los que sí saben amar de verdad.
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