Un buen día emprendí el camino, y caminé sólo por el gusto de hacerlo, no lo hice obligado por alguna circunstancia; más debo confesar, que al principio tuve miedo, porque tenía tantos años que no lo hacía, tantos, que llegué a pensar, que se me había olvidado caminar.

Caminé sin rumbo fijo, pero siempre buscando hacerlo por los lugares que me hicieran sentir que estaba vivo, disfrutando de mi amada libertad; caminé allá, donde mi cuerpo, mi mente y me espíritu, pudieran conciliar sus diferencias, y en santa paz, rebosantes de armonía, pudieran jugar.

Caminé y caminé, hasta llegar a cansarme, porque hacía mucho tiempo que no sentía que pudiera pasarme eso, pues yo sólo conocía el cansancio que me llega cuando estoy sentado; y me pregunté siempre ¿cómo puede uno cansarse al estar supuestamente descansando?

Me alegré de ver en mi camino, una banca en un lugar sombreado, me senté como si nadie existiera, de hecho, mi pensamiento me regaló un hermoso prado, un viento suave y fresco, y el abrazo de un amable viejo árbol. Y ya en aquel ambiente tan soñado, me quité el calzado, y al sentir el piso con mis pies descalzos, todavía quise quitarme esa sensación acojinada que queda después de haber calzado esos zapatos que me hacen ver ante la sociedad como un hombre bien plantado. Después, las plantas de mis pies se fueron poco a poco acostumbrando a sentirse de nuevo a la tierra incorporados.

¿Acaso es una locura lo que estoy narrando? O es el anhelo de tantos y tantos seres humanos, que nos hemos olvidado de que formamos parte de este hermoso planeta, al que hemos transformado en un producto más, para acentuar los males que tanto nos aquejan.

Mis nietos llegaron corriendo a nuestra casa, después de salir del colegio, y antes de llegar a la puerta, se quedaron sin zapatos, y sus pies descalzos, como tiernos brotes de naturaleza, se sintieron vivos, recordándome todo aquello que a mí, a mí, se me había olvidado.

 

Correo electrónico:

enfoque_sbc@hotmail.com.