TenÃa quince años, y en lugar de divertirme como lo hacÃan los demás adolescentes, me la pasaba pensando en todo aquello que tenÃa que hacer para que en un futuro no muy lejano pudiera tener la familia perfecta; y el momento preciso, era lo que llamaba la hora de la medicación, las seis de la tarde para ser exactos, a la que llegaba puntual después de cumplir con las tareas escolares, abrÃa la puerta de mi recámara y me recostaba en mi cama sin quitarme los zapatos con la vista fija en la ventana que estaba ubicada frente a mÃ, ahÃ, precisamente, donde se podÃa apreciar un poco del árbol de mango de la casa de mi amada vecina, de la que estaba profundamente enamorado; donde se apreciaba, un poco de luz, que me mantenÃa despierto, para permitirle a mi imaginación crear todo aquel fantástico escenario, el lugar de mis sueños donde se cristalizarÃan mis grandes anhelos; ahÃ, donde se podÃa apreciar un poco de aquel inolvidable azul del cielo, al que con mi pensamiento escalaba, primero, subiéndome a aquella vetusta barda, cuyo lomo estaba cubierto por un fino musgo seco que solÃa crecer durante el verano, cuando la lluvia caÃa y refrescaba el ambiente para los enamorados, barda a la que muchas veces califiqué como ingrata, porque separaba nuestro aliento, y esparcÃa el espÃritu de los inocentes besos y las caricias que poco a poco llegaban, para rozar levemente nuestros labios vÃrgenes, para tocar nuestros juveniles cuerpos; ahà donde solÃa aferrarme a las ramas del árbol, hasta subir a la cima, para permitir a mi pensamiento sentirse libre, sentirse más cerca del cielo, para ascender con el pensamiento al espacio, para tratar de detener la llegada de la noche, para atrapar entre mis manos un poco de luz, cuando el sol cansado de tanto derroche, se trataba de despedir y con ello evitar que me mantuviera despierto para permitirle a mi imaginación, crear todo aquel escenario fantástico donde se cristalizarÃan mis sueños.
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