Te has dado cuenta que desbloqueas el teléfono y, antes de que lo pienses Spotify o YouTube música ya ha seleccionado la primera canción del día basándose en lo que siempre escuchas, pero también abres el mapa y la ruta hacia tu oficina ya está trazada, así sin más, sin pregunta y calculando un tráfico que aún no has visto.
Pero no todo termina ahí, entras a Facebook u otra red social y el primer video parece responder exactamente a una conversación que tuviste hace horas con tu mejor amiga. ¿Qué está pasando? Pues que vivimos en una era donde la interfaz se adelanta a responder a tu propio deseo.
Ahora ya los teléfonos no solo sugieren, sino que parecen saber exactamente qué sigue en nuestra rutina y cómo deben actuar en consecuencia.
La predicción es ahora un nuevo hábito
Estamos en un punto en dónde predecir ya es un hábito que tiene tu teléfono, recomendando canciones, acciones y cosas que no buscamos, solo las vemos porque el teléfono dice que así tiene que ser.
Ya no buscamos activamente; ahora, gran parte de nuestra experiencia digital consiste en recibir y ya no hay una exploración manual de información, ya todo gira en torno a una sugerencia personalizada.
Esta transición ha cambiado nuestra relación con la información: confiamos en que el sistema filtrará el ruido por nosotros, entregándonos una versión del mundo curada específicamente para nuestros sesgos y preferencias.
Música, rutas y consumo
Las recomendaciones asignadas están muy presentes en tres áreas: música, tus rutas y lo que consumes.
En el ámbito del entretenimiento, los feeds de música y vídeo actúan como editores personales, que nos llevan hacia contenidos que mantienen nuestra atención minuto a minuto.
En la movilidad, los algoritmos nos llevan por aquellos que se consideran como el mejor camino, transformando el acto de recorrer la ciudad en una serie de instrucciones optimizadas.
En lo que respecta al consumo, la predicción es casi total porque los productos sugeridos y los recordatorios de compra te crean una ilusión de necesidad que muchas veces no es requerida.
Lo que ganamos es la comodidad
La ganancia inmediata de esas recomendaciones no se niega y obviamente tener que reducir la carga cognitiva de las decisiones pequeñas puede agradecerse, es decir liberamos espacio mental para tareas más complejas.
Sin embargo, el hecho de poder navegar por una realidad sobreestimulada con un esfuerzo mínimo también nos reduce un poder de decisión y nos quita la libertad de elección. ¿Hasta qué punto estamos preparados para ello?.
Hay que hacer notar que la elección se reduce y nuestra tolerancia a lo inesperado disminuye. Si el algoritmo siempre acierta, dejamos de ejercitar el músculo de la curiosidad por aquello que se sale de nuestro radar habitual.
Siempre debe haber un equilibrio entre el deseo de ser comprendidos por la tecnología y el rechazo a ser reducidos a un patrón de datos porque el entretenimiento también refleja nuestro gusto por lo incierto.
Nunca debemos atarnos a una recomendación perfecta es mejor experimentar en aquello que no se puede controlar, como el giro de una ruleta donde el resultado no depende de un historial previo de clics, sino del puro azar del momento.
Recuperar el margen de error
El cierre de este ciclo predictivo es que debemos ser conscientes de que siempre hay que tener un margen de error. La vida en modo recomendación funciona, pero la vida real suele ser desordenada, llena de azar y desvíos innecesarios que terminan siendo los más memorables.
Recuperar un poco de azar a propósito no es un acto de rebeldía tecnológica, sino una forma de mantener viva la sorpresa que a todos nos viene bien. Al final, el equilibrio reside en aprovechar la comodidad de que nos conozcan bien, sin olvidar que lo más interesante de nosotros suele ser aquello que el algoritmo todavía no ha podido predecir.