En las calles de Ciudad Victoria todavía se escucha un sonido que despierta recuerdos. No es el claxon de un auto ni el pregón de un vendedor cualquiera, sino el silbido agudo del carretón de camotes y plátanos al vapor, una tradición que resiste al paso del tiempo.

Son apenas cuatro personas las que mantienen vivo este oficio en la capital tamaulipeca. Con un carrito metálico y un quemador especial alimentado con leña, preparan lentamente camotes y plátanos estilo Puebla. El vapor concentrado en el cilindro no solo cuece la fruta hasta dejarla suave y brillante; también genera el característico silbido que anuncia su llegada a cada colonia.

El aroma dulce se adelanta varias calles. Es una mezcla de azúcar natural y leña encendida que envuelve banquetas y patios, invitando a salir con un plato en mano.

Don Ernesto, originario de Oaxaca, arribó hace más de dos décadas a Tamaulipas en busca de mejores oportunidades. En la capital encontró trabajo, pero también la forma de preservar el oficio aprendido en su tierra. Hoy, la tradición es compartida con hermanos y sobrinos, quienes recorren distintos sectores para ofrecer el postre.

Servidos con miel de piloncillo o leche condensada, los camotes y plátanos no solo endulzan la tarde; también alimentan la memoria colectiva de generaciones que identifican en ese silbido un pedazo de identidad mexicana sobre ruedas.