Hay que reconocerle a Omar Chaparro su resistencia al encasillamiento. Aunque no muy acompañado por el reconocimiento de los críticos, el chihuahuense ha probado suerte lejos del género que le dio fama, la comedia, para hacer dramas de diferente calibre, y ahora directamente y sin paracaídas, se lanza a un personaje que bien podría haber interpretado en otras tierras Jason Statham (o como se ha querido insistir, Keanu Reeves). El resultado se llama “Venganza”, y aunque cuenta con una historia tan poco original como su título, representa un intento respetable de desarrollar un género eminentemente gringo con valores de producción homologables.

La película, dirigida por Rodrigo Valdés, producida por Amazon MGM Studios, ofrece una hora y tres cuartos de coreografías de combate, persecuciones y balaceras, con algunos elementos locales: un militar corrupto, un premio millonario de lotería y un héroe que canaliza su dolor a punta de plomo.

Hay una escena, al principio de “Venganza”, que funciona como declaración de principios. El capitán Carlos Estrada, interpretado por Omar Chaparro, acaba de encontrar el cuerpo de su esposa asesinada en la habitación del hotel donde estaban de vacaciones. En lugar de desplomarse, de llorar, de hacer lo que haría cualquier persona en esa situación, se enfrenta al asesino que aún está en la escena del crimen. Y entonces, durante varios minutos, lo que sigue es una pelea cuerpo a cuerpo filmada con planos largos, donde los golpes son contundentes y los objetos de la habitación -un sacacorchos, la tapa del inodoro- se convierten en armas improvisadas. Es una secuencia que podría estar en cualquier película de acción de Hollywood. Pero está en una película mexicana, protagonizada por un actor conocido por sus comedias románticas, y eso, de alguna manera, cambia todo.

Estrada es el líder de un Grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales, los GAFE (habrá que cambiarle el nombre si se estrena en España), en una operación exitosa para capturar a Héctor Luna, un exmilitar convertido en jefe criminal interpretado por Gustavo Sánchez Parra. Pero la victoria tiene un precio: Estrada declara la guerra a los militares corruptos que protegían a Luna, y estos responden enviando a un sicario a asesinar a su esposa. A partir de ahí, la película se convierte en lo que su “rebuscado” título anuncia: una venganza.

Pero hay un giro surrealista. Estrada, dado por muerto y escondido en un pueblo con la ayuda de Miguel, su “sombra” interpretado por Alejandro Speitzer, se compra todos los billetes de lotería en una cantina y gana el premio más grande de la historia. Mil millones de pesos. Con ese dinero, financia su guerra personal: compra armas, vehículos, una mansión que funciona como base de operaciones, y reúne a dos antiguos compañeros de las fuerzas especiales, Lola y Aurelio, interpretados por Natalia Solián y Luis Alberti. El dinero no es un escape, es un medio para la destrucción.

“Venganza” entiende perfectamente qué tipo de película es y se asume como un vehículo de entretenimiento puro, una máquina de acción que no se detiene a pedir disculpas ni a justificarse. El ritmo es frenético, las coreografías de combate están cuidadosamente diseñadas -el responsable es Diyan Hristov- y las persecuciones, rodadas en locaciones reales de la Ciudad de México como el Periférico o el estacionamiento de Perisur, aportan un realismo que las aleja de la artificialidad del croma.

Uno de sus puntos favorables es la transformación de Omar Chaparro. El actor, que durante años ha construido una carrera basada en la comedia -desde “No manches Frida” hasta “30 noches contigo”-, abandona aquí por completo su personalidad irreverente para meterse en la piel de un hombre roto, obsesionado, capaz de lo peor. Quiere demostrar que su rango actoral es más amplio de lo que había mostrado hasta ahora, y quizás aspirar a mejores chambas.

Alejandro Speitzer, como su sombra y compañero, aporta la parte emocional de la historia. Su personaje es el único que parece cuestionar el camino que han elegido, el que recuerda que hubo una vida antes de la venganza. Los críticos apuntan que la relación entre ambos está bien construida, aunque algunos momentos de confrontación podrían haber dado más de sí. Natalia Solián y Luis Alberti, como los otros dos miembros del comando, cumplen en sus papeles, aunque varios analistas coinciden en que sus personajes están menos desarrollados y podrían haber tenido más presencia en pantalla. Alberti, en particular, funciona como alivio cómico, un contrapunto necesario en medio de tanta violencia.

“Venganza” quiere por otra parte remitirse (con más medios) a una tradición mexicana que se remonta a los ochenta y noventa, a las películas de los Almada, de Rosa Gloria Chagoyán, de Valentín Trujillo. También hay ecos de Charles Bronson, de “Arma mortal”, de todo ese cine de venganza personal que pobló las carteleras durante décadas. La diferencia es que aquí los escenarios son reconocibles, los diálogos tienen modismos locales y la corrupción que se denuncia es la de las instituciones mexicanas.

Si el espectador, que vamos a suponer aficionado al género de la acción con toda la violencia posible, es capaz de acudir al cine dejando de lado los prejuicios que le han generado los pasados trabajos de Chaparro, puede llevarse una grata sorpresa. Si, al contrario, le aburre ver de nuevo otra muerte, otra pelea, la estilización del sadismo y la repetición de los mismos esquemas, mejor que cambie de sala.