La pantalla se ilumina en Ushuaia, en el extremo sur de la Argentina. Vemos casas de madera, calles sin asfaltar, un cielo que pesa. Ahí vive Risa, una niña de unos diez años que tiene un hámster llamado Kuro y una madre, Sara, que trabaja demasiado para poder pagar las cuentas. Es verano. No hay colegio. Y Sara, agotada, deja a Risa al cuidado de Esteban, el vecino de al lado, alcohólico y roto por dentro.
Hasta aquí, todo parece encaminarse hacia un drama realista sobre la infancia en los márgenes, sobre madres solas y adultos que apenas pueden sostenerse. Pero entonces aparece la cabina.
Es una vieja cabina telefónica. La única que quedó en pie después de un incendio que, años atrás, mató a más de cien personas en ese mismo lugar. Los vecinos del pueblo hacen fila para hablar por ese teléfono que, técnicamente, no funciona. Sin embargo la usan para hablar con los muertos. O al menos eso creen. Risa, sin embargo, es la única que escucha respuestas. Y los muertos, desde el otro lado, le piden favores.
La premisa es hermosa, poética y arriesgada. Juan Cabral, publicitario de larga trayectoria, viene del mundo del videoclip y la publicidad, y en “Risa y la cabina del viento” (que ganó el premio a mejor película en la Competencia Argentina del Festival de Mar del Plata) intenta algo que el cine nacional suele eludir: una fábula infantil con un nudo de dolor adulto. La inspiración está en el fenómeno japonés del “teléfono del viento” (kaze no denwa), esa cabina real que un hombre instaló en su jardín para hablar con su primo muerto y que después se volvió un lugar de peregrinaje tras el tsunami de 2011. Cabral traslada esa idea a Tierra del Fuego y la tiñe de tragedia local: un incendio, cien muertos, una comunidad que no termina de cerrar heridas.
La película, entonces, se mueve en dos registros que no siempre se llevan bien. Por un lado, está el realismo áspero de una niña que crece sin un padre, de una madre que no llega a fin de mes, de un alcohólico que se odia a sí mismo. Por otro, está el cuento fantástico: Risa ayuda a los muertos a resolver sus asuntos pendientes, los muertos la guían, y todo tiene un aire de aventura infantil conmovedora. Cabral filma todo con una belleza cuidada, casi preciosista. El director de fotografía Leandro Filloy acompaña esa mirada: los paisajes fueguinos tienen textura, los interiores tienen luz filtrada, cada plano parece pensado para emocionar.
El problema es que esa emoción, tantas veces anunciada, termina chocando con una estructura que no sabe qué hacer con todas sus piezas. La película se arma como una sucesión de viñetas: Risa conoce a un muerto, Risa ayuda a ese muerto, Risa avanza en su propia búsqueda para hablar con su padre. Pero en el camino se abren subtramas que nunca terminan de cerrarse. Personajes secundarios (como el que interpreta Gustavo Garzón) aparecen, insinúan un conflicto, y luego se diluyen. Giros de guion que podrían tener peso se resuelven con una rapidez que desconcierta. Y la relación central entre Risa y Esteban, que es lo mejor de la película, a veces queda relegada por esas aventuras fantásticas que no terminan de integrarse del todo.
Diego Peretti, como Esteban, hace de un hombre derrotado que encuentra en la niña una razón para seguir. Es un actor que sabe habitar el dolor sin aspavientos, y aquí logra que la redención de su personaje no resulte empalagosa. La niña debutante Elena Romero, que interpreta a Risa, tiene una presencia natural, sin esa actuación sobreactuada que suelen pedir los directores para los niños. Y Cazzu, la cantante, cumple en su papel de madre agobiada, aunque su personaje queda desdibujado en la trama.
Hay otro elemento que atraviesa todo el metraje: la música de Babasónicos. Cabral ya había trabajado con la banda en videoclips, y aquí incluye no una, sino seis canciones: “Risa”, “Putita”, “Gratis”, “Mareo”, “Caliente”. Los temas aparecen en versiones originales, instrumentales, a veces como comentario de lo que ocurre en pantalla. En algunos momentos funciona como un acierto, esa textura sonora que envuelve la historia. En otros, la insistencia termina siendo un exceso, como si la película necesitara un respiro que la banda no le permite.
Lo que “Risa y la cabina del viento” tiene de valioso es su apuesta por un género inusual en el cine argentino: el relato fantástico con punto de vista infantil. No es fácil contar el duelo sin caer en el melodrama fácil, ni hablar de la muerte desde los ojos de una niña sin que resulte forzado. Cabral lo intenta con sensibilidad, y en varios pasajes lo logra. Pero también se nota que viene del mundo publicitario: hay un afán por que cada escena sea bella, por que cada momento sea emotivo, por que cada canción subraye lo que ya se ve. Esa obsesión por el detalle, por el preciosismo, a veces sofoca la crudeza que la historia necesita.
Al final, la película es un objeto extraño: tierna y dispersa, luminosa y desordenada. Quiere hablar de la soledad de una madre, de la culpa de un padre alcohólico, de la necesidad de los niños de inventar mundos para soportar el vacío, de la comunicación con los muertos como forma de seguir viviendo. Quiere abrazar demasiado. Y en ese afán, algunas cosas se le caen de los brazos. Pero lo que queda, aunque incompleto, tiene una honestidad que vale la pena registrar. No todos los días el cine argentino se anima a que una niña hable por teléfono con fantasmas y que eso, de algún modo, tenga sentido.