Suzanne Andrews Correa no hace concesiones en su impactante opera prima, la coproducción mexicano-estadounidense “La Cazadora / The Huntress”. Desde el primer fotograma, la pelÃcula nos arroja a la desolada carretera de Juárez, donde el acto de esperar un autobús para ir a trabajar en la madrugada es ya un acto de valentÃa. Pero Correa rápidamente subvierte las expectativas: no estamos aquà solo para contemplar a otra vÃctima. Hemos de seguir los pasos, nerviosos pero decididos, de Luz (Adriana Paz), una mujer que ha traspasado un umbral irreversible.
El gran acierto de la cinta, que dice inspirarse en hechos reales, reside en su feroz reorientación del foco narrativo. No se trata de una intriga criminal al uso, obsesionada en los detalles forenses del crimen. El misterio no es cómo ocurrió el disparo que abre la pelÃcula, sino el monumental y abrumador por qué. La directora desplaza el suspense del hecho fÃsico a la tormenta psicológica y moral que le sigue. La cámara es la compañera perfecta de Luz: a veces se adelanta, captando la acción, pero siempre vuelve con Ãmpetu al rostro de Adriana Paz, que refleja la batalla verdadera que bulle en su interior. En sus ojos vemos el horror, la incredulidad, el frÃo cálculo y una chispa de justicia salvaje que amenaza con consumirlo todo.
La pelÃcula pinta con trazos sombrÃos y precisos un ecosistema de indiferencia. La fábrica maquiladora es un ente frÃo, más preocupado por la imagen corporativa que por la vida de sus empleadas. El detective Rosales, con su paternalismo amenazante, representa una autoridad que solo actúa cuando la presión es insoportable. Incluso en la vida personal de Luz, la incomprensión es una losa: su pareja no puede (o no quiere) dimensionar el abismo por el que ella camina. En este mundo, la invisibilidad de las mujeres es a la vez su peligro constante y, paradójicamente, su coartada temporal. La genialidad del guion está en mostrar lo fácil que es para Luz pasar desapercibida después de un acto tan trascendental, porque la sociedad ya estaba acostumbrada a no verla. No importaba cuando era una más del grupo y no importa tampoco al tomar la decisión de actuar.
La venganza es una pulsión habitual en el cine, que busca mostrar de la manera más gráfica posible sus consecuencias en los villanos que la provocaron. En nuestro caso, “La Cazadora” es mucho más que un simple thriller de venganza. Estamos ante un estudio penetrante sobre el contagio del trauma y las formas en que el dolor se ramifica. La relación de Luz con su hija adolescente, en plenos preparativos para una fiesta de quinceañera, es el contrapunto desgarrador. Cada mensaje sin responder en el celular de la joven es un abismo que se abre bajo los pies de Luz, una recordatorio de que cualquier búsqueda de justicia tiene un costo, y a menudo son otros quienes lo pagan. El encuentro con Ximena, lÃder de las Madres Buscadoras, es otro punto de inflexión magistral. No son aliadas al uso; son espejos rotos la una de la otra. Ximena, convertida en “zombi” por la desaparición de su hija, es el posible futuro de Luz: una vida dedicada a rastrear el desierto, donde un fragmento de hueso puede ser un tesoro y una maldición.
Adriana Paz es el alma de la pelÃcula y el lienzo luminoso en el que Andrews Correa pinta su historia, brindando una actuación memorable a la que probablemente volvamos a referirnos en los próximos meses cuando lleguen los premios. Su Luz no es una heroÃna invencible, sino una mujer herida, asustada y ferozmente determinada. La vemos temblar, vomitar, sonreÃr con amargura y endurecerse como el yeso del desierto. Es una interpretación fÃsica y profundamente interna que sostiene cada latido de la pelÃcula.
“La Cazadora”, única presencia iberoamericana en la competencia internacional del Festival de Sundance, es una pelÃcula necesaria, incómoda y eléctrica. No ofrece consuelos fáciles ni respuestas redondas. En su lugar, nos deja con la imagen de una mujer que, habiendo tocado fondo, decide que su única salida es empuñar un arma que le ha sido siempre negada: la acción. Es un canto feroz y un duelo desgarrado, un retrato inolvidable de lo que ocurre cuando la presa decide que ya no hay nada más que cazar.