El director mexicano Fernando Barreda estrena “Café Chairel”, una historia de dos solitarios que aprenden a convivir con el dolor en una vieja casa de Tampico, estrenada en la última edición del Festival de Guadalajara y en salas nacionales desde este jueves. Protagonizada por Mauricio Isaac y Tessa Ía. Antes de su estreno nacional, tuvo su première en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, muestra una historia simple, casi minimalista. “La clave era crear una película sobre dos personas que no tienen interés romántico”, explica Barreda.
Alfonso, un hombre tranquilo y dulce, intenta montar un café de especialidades en una vieja casa de Tampico. Katia, una joven temperamental y cargada de recuerdos funestos, llega a trabajar con él. No hay romance entre ellos. “Ambos construyen una relación casi de padre e hija, que sus personalidades se complementan de manera natural. Cada uno carga su pena y acompañarse los sana. Es algo que se da bastante, pero que casi no se proyecta en el cine, porque tiene que haber conflicto, algo que vencer. Estamos acostumbrados a que los personajes sufran y les metemos problemas y situaciones. Para mí el conflicto está dentro de nosotros mismos. Y la película habla del dolor: retratarlo como algo que al final no se resuelve, sino que continúa ahí. Es parte de nuestra vida y seguirá afectándonos; simplemente se aprende a vivir con él”, cuenta Barreda a la web del IMCINE.
El guion de “Café Chairel” no nació solo. Barreda lo escribió junto a Atsushi Fujii, un cineasta japonés al que conoció en 2012, cuando Barreda trabajaba como programador de un festival de cine en Estados Unidos. Vio allí una película de Fujii que le gustó por su punto de vista y su trama. No quedó seleccionada en el festival, pero Barreda no la olvidó. Años después contactó con el director japonés. Nació una amistad y, con ella, el deseo de contar una historia juntos. El desarrollo del guion tardó casi ocho años. Crearon algo que aludía a la historia original de Fujii, pero la llevaron por un camino distinto. El cineasta japonés tuvo la oportunidad de viajar a México para asistir a unos días del rodaje.
La película está filmada en Tampico, ciudad natal de Barreda y también del productor Jessica Villegas, esposa del director. Para Villegas, el film tiene una capa adicional de significado. “Sabíamos que queríamos hacer una película centrada en el lugar donde nacimos, crecimos y nos enamoramos”, señala. “Para mí, personalmente, tiene una capa adicional de significado, ya que mis cuatro abuelos están presentes, de una forma u otra”.
Barreda creció en Tamaulipas y quiso retratar en la película esa nostalgia que llevaba dentro. No le interesaban los lugares turísticos ni los edificios modernizados. Buscó los rincones que nadie conoce porque los turistas no van, esos lugares de otra época, con olor a salitre y a aves marinas. “Cuando creces en un lugar, tienes cierta creatividad en la cabeza, no sabes si vas a dedicarte al cine o a otra cosa, pero en tu mente suceden historias. En muchos rincones yo veía historias. Eso me hizo fácil incorporar a la ciudad”, explica. “Muchas veces los cineastas salimos de nuestra ciudad para hacer una carrera, pero es importante regresar y filmar en tu ciudad; es importante mostrarla”.
“Café Chairel” es la primera película rodada en Tampico desde “El tesoro de Sierra Madre” en 1948. La comparación no es casual. El filme de John Huston, protagonizado por Humphrey Bogart, también utilizó locaciones de la ciudad portuaria. Barreda, sin embargo, no buscó imitar ese registro sino construir el suyo propio, con miradas de lo solitario, diálogos de lo ausente, encuentros de carencias que buscan complemento.
El alma de la película, reconoce el director, es una casa. Una construcción de estilo holandés levantada en 1921, durante el auge petrolero en Tamaulipas. Muchas familias holandesas y alemanas construyeron entonces sus viviendas en la zona. La mayoría, lamentablemente, ya están destruidas. Esta casa en particular se estaba cayendo a pedazos cuando el equipo la encontró. Había montañas de basura y también antigüedades valiosas. Todo se escondió en un cuarto que nunca se abrió. Trabajaron cuatro o cinco meses para reforzar las vigas y cambiar algunas estructuras importantes, para que no se fueran a caer con el peso del equipo y los actores. El director de arte, Santos Moncayo, fue el encargado de dar forma a ese espacio.
“La casa tiene una emoción. Este lugar abandonado, con paredes derruidas y manchadas y el moho de la humedad, hace que los personajes se sientan detenidos en el limbo y el tiempo”, explica Barreda. “La casa tenía que representar esto”. Esa casa maltrecha, pero con elementos que invitan a querer tomar un café de especialidad, se convierte así en un personaje más. Sus paredes cuentan la misma historia que Alfonso y Katia: la de algo que estuvo a punto de derrumbarse y que, con paciencia, alguien decidió restaurar.
El trabajo con los actores fue, según Barreda, un proceso de observación y de libertad. Quería dos personajes de contrastes marcados. Por un lado, Alfonso: dulce, noble, pero a la vez torpe y nervioso. Por el otro, Katia: una chica enojada con la vida, que ha sufrido muchos rechazos. “Se topan uno con el otro y hay una explosión, pero después ambos personajes, a pesar de sus contrastes, hacen una buena combinación. Esta analogía de los personajes con el café y la crema quería que quedara marcada en la historia”, dice el director.
Mauricio Isaac, que interpreta a Alfonso, trabajó desde la improvisación controlada. En cada toma hacía algo diferente. Hablaba y hablaba y le daba material al director. A Barreda se le hacía difícil cortar las escenas porque Isaac seguía diciendo cosas que enriquecían al personaje. “Uno nada más está expectante de cómo los personajes cobran vida, pero al final tienes que decidir qué sí y qué no, sobre todo por el ritmo. Tienes que darles libertad a los actores y ellos responden; en esa búsqueda surgen cosas espontáneas que transforman la historia. Al final es una colaboración y los actores, al estar encarnando a los personajes, crean líneas que no sabías que necesitaban estar ahí”.
Tessa Ía, por su parte, define la película como una reflexión sobre la belleza de las cosas sencillas. “Para mí es una película que trata mucho de la belleza de las cosas sencillas de la vida, de ese primer trago de café en la mañana y cómo te apapacha por dentro. Siento que es una bocanada de aire fresco y es muy importante cuando sientes eso desde que lees el guion”.
Barreda es consciente de que “Café Chairel” no es la película mexicana que se espera en el extranjero. “Siempre se espera que las películas mexicanas hablen de ciertos temas y que los personajes sean de ciertas etnias y con ciertas problemáticas”, afirma. “Esta película se sale del molde: ni es una película comercial, ni de protesta o que represente a una comunidad. Quise alejarme de temáticas políticas y enfocarme en lo humano, en las emociones y la nostalgia, en el espíritu de compañerismo y estos lazos que hay entre la gente. Yo me quería concentrar en lo que me afecta, quería filmar y retratarlo así”.
El proyecto fue, además, un esfuerzo personal para preservar la esencia de la historia sin concesiones comerciales. “Le tenemos tanto cariño a esta historia que no queríamos que alguien más interviniera, que alguien más le metiera su cuchara, cambiara y la transformara en algo que se adaptara a las tendencias o a los medios, a lo que según las distribuidoras creen que es lo que quiere la audiencia”.
La película se titula “Café Chairel” por una laguna local. El nombre, pronunciado despacio, suena a agua quieta, a espejo que no se rompe. La mezcla de la casa, podría decirse, la ponen el director y su equipo: miradas de lo solitario, diálogos de lo ausente, encuentros de carencias que buscan complemento entre las paredes derruidas de una casa vieja. El café, al final, es solo una excusa. Como dice el propio Barreda, el conflicto está dentro de nosotros mismos. Y a veces, aprender a convivir con él es la única manera de seguir adelante.