La tardía secuela del éxito “Un día sin mexicanos” sigue en marcha, y según aseguran sus autores, Sergio Arau y Yareli Arizmendi, incluirá la letal ola de detenciones y expulsiones de inmigrantes en Estados Unidos. “Las condiciones van cambiando y ahorita estamos poniendo el guion al día. Tenemos muchas grabaciones y ahora había estado pidiendo a la gente que me mande historias de personas que viven en otro país y de mexicanos en Estados Unidos porque eso nos ayuda mucho a darle humanidad”, contó Arau.

Ahora, a sus 61 años, Yareli Arizmendi está produciendo la secuela, que se titulará “Otro día sin mexicanos”. El proyecto resurgió con fuerza en el clima político actual, marcado por el regreso de Donald Trump a la presidencia y un discurso migratorio aún más endurecido. El guion lo escribieron originalmente en 2020, durante la pandemia, pero la realidad política cambió y decidieron actualizarlo.

Sergio Arau explicó en una entrevista que la situación de los mexicanos en Estados Unidos no ha mejorado desde 2004, cuando se estrenó la primera parte. “Es chistoso porque, por un lado me da mucho orgullo que la película revivió, lamentablemente revivió porque la situación sigue igual, entonces es por un lado muy contento y por otro lado preocupado”, comentó.

Cuando Yareli Arizmendi tenía catorce años y estudiaba en un internado de Kansas, sus compañeros le hacían una pregunta que se repetía como un ritual incómodo. Querían saber si en la Ciudad de México la gente se seguía moviendo en burro. La pregunta no buscaba información geográfica; era una ventana que se abría a un abismo de desconocimiento. En ese momento, la adolescente entendió algo que moldearía su vida profesional y personal: el peso de ser vista, pero no comprendida.

Esa anécdota, contada décadas después, funciona como una llave para entrar en la historia de Arizmendi. Nacida en la Ciudad de México el 24 de abril de 1964, pero criada en Estados Unidos, ha habitado desde entonces un territorio incómodo y fértil. No es solo la frontera entre dos países, sino esa línea difusa donde el arte se encuentra con la denuncia, donde la actuación deja de ser un mero oficio para convertirse en un acto de traducción cultural.

El público mexicano e internacional la recuerda por dos personajes que, en apariencia, pertenecen a mundos opuestos. Uno es Rosaura en “Como agua para chocolate”, la película de Alfonso Arau que adaptó la novela de Laura Esquivel y que cosechó nominaciones al BAFTA, al Globo de Oro y diez premios Ariel. El otro es Lila Rodríguez en “Un día sin mexicanos”, una sátira que no se limitó a protagonizar, sino que coescribió y coprodujo junto a su esposo, el músico y cineasta Sergio Arau.

Para entender el origen de esa segunda película hay que retroceder a una escena doméstica. Corría la década de los noventa. Yareli y Sergio se habían casado en 1992, formando lo que ella llama “un ejército de dos”. La unión también fue un movimiento migratorio inverso: ella “importó” a Sergio desde la Ciudad de México a San Diego. Él, que venía de ser una figura reconocida en el rock mexicano con Botellita de Jerez, se encontró en un territorio donde su arte no encontraba eco. En California, el público chicano buscaba un México ancestral, el de las pirámides y los mariachis, no el rock contemporáneo de los ochenta. La depresión de Sergio en ese contexto era profunda, y Yareli sintió que haberlo traído lo había empujado a un vacío.

Fue entonces cuando ocurrió el chispazo. Yareli miró alrededor y vio que lo que le pasaba a su marido no era un caso aislado. Los latinos llevaban años siendo ignorados o malinterpretados. El contexto político, además, se volvió hostil. En California, el gobernador Pete Wilson impulsó la Proposición 187, una iniciativa que pretendía negar servicios de salud y educación a los inmigrantes indocumentados, obligando a funcionarios a denunciarlos. El número de la ley, el 187, coincidía además con el código penal del estado para el homicidio. El mensaje no podía ser más explícito.

En esa atmósfera de miedo y depresión, Yareli le hizo una pregunta a Sergio: “¿Cómo haces visible lo invisible?”. La respuesta la encontraron juntos: “Lo desapareces”.

De esa conversación nació primero un cortometraje de 28 minutos en 1998, titulado “Un día sin mexicanos”. Lo hicieron con ayuda de amigos, a los que pagaron un dólar simbólico. Pero cuando lo enviaban a festivales, se topaban con una respuesta recurrente: “Nuestro festival no cuenta con una sección en español”. La ironía era que ni siquiera habían visto la película. No la habían abierto. Bastaba con leer la palabra “Mexicanos” en el sobre para que el material fuera rechazado.

La solución que encontraron fue tan irónica como efectiva. Reenviaron el corto con una etiqueta en la portada que rezaba: “100% Spanish Free”. La estrategia funcionó. Los festivales empezaron a aceptarlo y el público respondía con aplausos de pie. Los premios del público se acumularon y, poco a poco, peso por peso, comenzaron a juntar el dinero para convertir la idea en un largometraje.

En 2004 llegó “Un día sin mexicanos” a la pantalla grande. La premisa era simple y demoledora: un día, todos los mexicanos —legales e ilegales, trabajadores del campo, empleadas domésticas, albañiles— desaparecen de California. De repente, las camas no están hechas, los jardines se secan, los restaurantes cierran y la economía se paraliza. La frase que Yareli le había dicho a Sergio se materializaba en imágenes: “Si por un día perdieran toda la mano de obra latina, morirían”. La película, que costó alrededor de un millón y medio de dólares, recaudó más de diez millones en taquilla mundial.

Para la nueva entrega, la pareja está recopilando historias. Arau ha pedido a la gente que le envíe testimonios de mexicanos que viven en Estados Unidos y de personas que residen en otros países. “Eso nos ayuda mucho a darle humanidad”, afirmó el artista. La idea es actualizar la sátira para reflejar un presente donde la hostilidad no ha desaparecido, sino que se ha transformado.

Lo más atrevido de esta nueva etapa, según Yareli, es que ahora serán dos mexicanos los que le expliquen a los estadounidenses cómo es un gringo. En un país acostumbrado a exportar su opinión sobre el mundo, la crítica interna suele ser mal tolerada. Esa falta de humildad frente a la propia ignorancia, esa misma que ella detectó en las preguntas de sus compañeros de internado en Kansas, sigue siendo el motor de su trabajo.

“Ha sido un camino muy solitario”, admitió Yareli, reconociendo que su sostén han sido su madre, la literata cubana Aralia López González, y su esposo Sergio, sus cómplices creativos. Porque la lucha, dice, no se gana una vez. Se pelea todos los días. Y por eso ella sigue ahí, parada en esa frontera incómoda, repitiéndose la misma pregunta de siempre: cómo hacer visible lo invisible. Su respuesta, una vez más, pasa por hacerlo desaparecer, para que el mundo, al notar el vacío, termine por verlo.