De los derechos fundamentales reconocidos, la libertad de expresión es quizá uno de los más estudiados, no solo por su importancia en la vida democrática de una nación, sino también por su interesante trayectoria evolutiva, su protección constitucional y el impacto que ha tenido en las sociedades a lo largo del tiempo. Además, es relevante reflexionar como fue necesario que este derecho surgiera, entendido desde una perspectiva histórica y filosófica, tal como lo han planteado diversos teóricos.
Sabemos que, en el pasado, cuando gobernaban las monarquías absolutistas, no existía la democracia ni el voto ciudadano, los intereses del estado se imponían de manera absoluta por encima del individuo. El poder se trasmitía por derecho hereditario, en otros casos por designación del gobernante anterior, en ocasiones por decisión de grupos oligarcas y algunas veces por conquista militar o por influencia religiosa. Cada sistema tenía su propia forma de designar a su gobernante.
Después de un largo periodo donde el poder político se concentró en monarcas, elites o grupos reducidos sin permitir participación ciudadana, las personas empezaron a exigir sus derechos para el efecto de ser escuchadas. El origen moderno y su justificación histórica de la libertad de expresión procede de la Independencia de Estados Unidos en 1776. En ese tiempo, las colonias norteamericanas reclamaban algo que hoy nos parece común, el derecho a criticar a un gobierno que resolvía sus vidas sin escucharlos. Años después en 1791, ese reclamo se convirtió en la primera enmienda denominada “Bill of Rights”, un documento que desde su inicio prohibió al gobierno castigar o reprimir a la gente por lo que pensara o dijera. Este hecho muestra y nos ayuda a entender que la libertad de expresión nació como una defensa frente al abuso del poder.
La evolución que le siguió a la libertad de expresión fue también de acuerdo con el desarrollo de la propia sociedad. Hubo un tiempo en que en algunas comunidades se presentó un fenómeno que Toqueville llamó “la tiranía de las mayorías”. Ocurre cuando no solo el gobierno podía silenciar ideas; también, la propia sociedad; es decir, las mismas opiniones, aún minoritarias podían ser excluidas por el pueblo, esto por considerarlas contrarias a intereses de una ideología o una forma de gobierno hasta el grado de evitar que se expresaran. Fue entonces cuando se entendió que la libertad de expresión debía protegerse no solo frente al poder estatal, sino también frente a una real o aparente mayoría que impone una narrativa dominante.
Mas tarde, desde los años cincuenta hasta finales de los ochenta, la preocupación ya no solo era evitar la censura del gobierno ni proteger a quienes pensaban distinto. El reto ahora era garantizar que todas las personas que se expresaran pudieran ser escuchadas de manera justa. Con ello se buscaba evitar que algunos grupos controlaran la información y que los debates fueran realmente neutrales, abiertos y plurales.
En la actualidad la libertad de expresión dio un giro trascendental, es el momento de escuchar a los grupos históricamente en desventaja. Esto significa que todas las voces deben tener la misma oportunidad de ser escuchadas. Es tratar de que la libertad de expresión pudiera usarse como herramienta para corregir las desigualdades del pasado y admitir que su opinión entrara a la conversación pública.
Cuando Rousseau hablaban del contrato social, afirmaba que un gobierno solo puede considerarse legitimo cuando es capaz de explicar, justificar y defender sus actos ante la ciudadanía. Pero para que esto sea posible, las personas deber opinar sin miedo, cuestionar al gobierno con respeto y señalar cuando algo no está funcionando. Si estos elementos no existen, la democracia se convierte en una absoluta simulación. La libertad de expresión es fundamental para que una democracia funcione realmente. La madurez política de un gobierno se demuestra al aceptar las opiniones de toda la ciudadanía para justamente corregir el rumbo cuando las políticas públicas no están dando los resultados esperados. Al final, la democracia de una nación se fortalece en la capacidad como gobierno de dialogar con todos los sectores de la sociedad.
Cuando un gobierno se define como democrático y afirma respetar la voluntad del pueblo, su legitimidad, aunque provenga de una elección, se debilita si en la práctica reprime la libertad de expresión, más aún, cuando se están cuestionando decisiones que afectan a toda la sociedad. Un gobierno que silencia las criticas pierde parte de su gobernabilidad porque deja de escuchar a todos los ciudadanos a quienes conforme la Constitución, está obligado a representar y servir sin distingo desde el momento en que se comprometió en “guardar y hacer guardar la Constitución Política y las leyes que de ella emanen”. La democracia no solo se mide en votos, también en la capacidad como gobierno de dialogar, escuchar y aceptar la crítica. Cuando al expresar nuestra opinión sobre algo que no está funcionando como se prometió, le damos sentido a la democracia, porque la democracia no funciona por sí misma o solo en la época de elecciones, sino que es un mecanismo que se pone en práctica a través de un derecho fundamental el cual debemos ejercer siempre.
Una frase de John Stuart Mill que describe lo que representa la libertad de expresión es la que dice: “Toda idea silenciada porque ofende a alguien, puede contener una parte de verdad”
John Stuart Mill, entendía la libertad de opinión como el derecho a pensar y expresarse libremente. El filósofo sostenía que la verdad no puede surgir si las ideas no circulan libremente. Reprimir una expresión ciudadana produce un daño doble, afecta al individuo que desea expresarse y, al mismo tiempo, niega a toda la sociedad de acceder a la verdad o fortalecerla mediante el debate.