Hubo un tiempo en que México estaba muy lejos de ser una nación unida; más bien, era un conjunto de provincias, cada una con su propia historia, intereses y experiencias políticas. La conquista española y, posteriormente la organización virreinal de la Nueva España, impusieron una estructura política totalmente centralizada heredada de una monarquía absolutista, en la que las decisiones se aprobaban desde la corona.

La voz que defendió el federalismo en México fue la de Miguel Ramos Arizpe, por eso la historia lo recuerda como el padre del federalismo. Demostró con pruebas y defendió con firmeza la importancia de que las provincias de la nueva España debían ser reconocidas en su autonomía, de lo contrario, afirmaba, crearían distancia y repetirían el viejo orden centralista. Su postura no se centraba únicamente en lo político, también tenía que ver con conocer y atender las necesidades reales de cada territorio, pues al mantenerse un poder central ausente a los intereses y la problemática de cada región, pareciera más preocuparse por conservar el poder que por dar solución a los asuntos estatales.

Con la consumación de la independencia, Mexico comenzó el difícil proceso de construir una nueva Nación. En estos primeros pasos, la entrada del Ejercito Trigarante, sostenida por la célebre frase de las tres garantías, la religión, la independencia y la unión, sugerían revelar el inicio de un país unido; sin embargo, estaba muy lejos de consolidarse. Poco después Iturbide se proclamó emperador, estaba acostumbrado a la concentración del poder muy parecido al orden centralista de la monarquía española, esto provocó una crisis en la que surgió la idea de regresar a la época de emperadores, gobiernos autocráticos y centralistas por lo que hubo la necesidad de reconocer a las provincias como Estados con gobiernos libres y soberanos, como parte esencial de la nueva nación.

De tal manera que, la decisión de Iturbide de disolver el Congreso ocasionó una crisis política que culminó en el Plan Casa Mata, un pronunciamiento político que unió a varias provincias en contra del Imperio de Iturbide y exigieran el restablecimiento del abatido Congreso. La posibilidad de volver a una época centralista y autoritaria, acrecentada por la crisis del Imperio de Iturbide, cooperó para que las provincias centro americanas —Guatemala, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y El Salvador— se separaran de México. El

Plan Casa Mata, abrió la puerta para que la Nación no se desintegrara al otorgarse a las provincias autonomía mediante el establecimiento de un gobierno federal y un sitio propio dentro de la construcción de esa nueva nación que vislumbraban a la distancia.

El acta constitutiva de 1824 fue una de las razones por las que México comenzó a pensarse como una república federal, donde las provincias convertidas en estados podrían darle forma a su autonomía sin perder la unidad nacional. Dentro de toda esta transformación, el nuevo razonamiento liberal y federalista encontró afinidad en las ideas de Montesquieu, la referencia exacta en la que explicaba que, para conservar la libertad, el poder debía dividirse y así mantener su equilibrio. Por ello cuando en 1836 vuelve la balanza a inclinarse hacia el centralismo, no solo se trató de un cambio de sistema, sino hubo un retroceso que provocó una vez más tensión entre el centro y los estados, separándose Yucatán y perdiendo Texas, y se pudo evidenciar una vez más, que el federalismo era necesario para la propia salud de la república.

La historia de Mexico osciló entre el centralismo y el federalismo, con esto me refiero a las bases orgánicas de 1836, la Constitución liberal de 1857, la Guerra de Reforma, la llegada de Maximiliano de Habsburgo, la República Restaurada y, más tarde, el porfiriato, esto muestra una lucha constante por definir el rumbo del país. Finalmente, en la Constitución de 1917, México encontró un soporte más duradero que dio continuidad a su tradición republicana y federal.

Aunque algunos autores sostienen que el federalismo es una copia del modelo estadounidense, en realidad la historia pone de manifiesto algo más profundo. Los insistentes ciclos que revelan la lucha entre federalismo y centralismo se deben a que el poder busca controlar, uniformar y someter a las provincias bajo un solo mando. La lección que nos da nuestra propia historia es la separación de muchas provincias, una experiencia basada en que el centralismo que, aunque tiene muchas caras, no siempre aparece de la misma forma, pero al final su objetivo es controlar desde el centro y reducir paulatinamente casi sin notarlo la autonomía en las regiones que no aceptan este modelo. Es la Federación la que contribuye a los contrapesos que deben prevalecer en toda democracia, con el firme propósito de preservar la autonomía de los Estados frente a un poder central que por su misma naturaleza se inclina a concentrar decisiones.

Los mexicanos no debemos olvidar que la centralización fue herencia colonial, pues durante casi tres siglos el poder político y administrativo estaba en autoridades supeditadas al centro y esto continuó influyendo aun después de la independencia. Sin embargo, esta fluctuación histórica afirma una y otra vez que el centralismo, al menos en el caso de México, tiende a la desintegración porque la libertad y la autonomía son como el cauce de un rio, cuando se les obstruye o reprime, la corriente no desaparece, se desborda y busca abrirse paso por otros caminos. Hay que tener cuidado que la unidad que tanto ha costado construir podría presentar una disgregación. Por ello, ahora más que nunca debe tomar sentido el respeto al artículo 40 de nuestra Constitución Política de los

Estados Unidos Mexicanos, que a la letra dice: “Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una República representativa, democrática, laica y federal, compuesta por Estados libres y soberanos en todo lo concerniente a su régimen interior, y por la Ciudad de México, unidos en una federación establecida según los principios de esta ley fundamental”. Ojalá que por muchos siglos más, sigamos diciendo: Tamaulipas, altiva, heroica, libre, soberana y federal.