Sana, sana… repetía la madre cuando su hijo se quejaba de alguna dolencia física provocada por un traumatismo o por alguna afección infecciosa; sana, sana… y le sobaba el brazo, la pierna, la cabeza, y en ocasiones, acompañaba esa suave fricción, dándole un beso en la herida, o poniéndole un poco de su saliva en la misma, o un emplasto de hierbas medicinales, o un ungüento preparado por sustancias oleosas que encontraba en la cocina; con ello, el niño poco a poco sentía alivio, se iba quedando dormido y momentáneamente, regresaba la tranquilidad, la armonía y la paz en el hogar.

El padre, si estaba presente, tratando de disimular su angustia, miraba de reojo aquella escena, pero, si en ese momento le aquejaba algún desequilibrio emocional, ya sea por cuestiones económicas o problemas de trabajo, prefería restablecer un ánimo más benéfico para calmar su sufrimiento y poder responder con más certidumbre, al evento que involucraba sufrimiento familiar, como lo era en ese momento el dolor físico de su hijo, con motivo de la afección citada.

Visto de esta manera, pareciera que todo estaba bajo control, pero si la madre era muy aprensiva, no sólo hacía suyo el dolor del hijo, sino que lo duplicaba o triplicaba, en sí misma, perdiendo con ello todo control de la situación, entonces, volteaba a ver a su esposo y, no le pedía, le exigía con energía, su intervención, y aquel padre, que aún no podía conciliar la armonía propia, en un arrebato emocional, emitía su opinión al respecto, no con voz suave, sí, con el tono que acompaña la suma de sus preocupaciones, y tratando de minimizar el evento de su hijo y tranquilizar a la familia, cambiaba el sentido del remedio diciendo: todo saldrá bien, no fue para tanto, apenas si se raspó un poco la rodilla; yo aconsejaría, que en lugar de ponerle saliva y seguir frotándole, le laves la herida, para que no se infecte. La mujer lo miró de reojo y le dijo con evidente enojo: Claro, a ti no te importan tus hijos, eres un desobligado, indolente, se ve que no los amas como yo, como tú no los pariste.

El esposo preocupado y arrepentido por su poco tacto para responder a la situación primaria, en tono conciliador le dice a su mujer: No digas eso, me duele que lo hagas y sobre todo, que me tengas en ese concepto tan ruin ¿acaso les ha faltado algo? Sí, es cierto, he tenido que estar más tiempo del debido en el trabajo, buscando que mejore la paga, pero, eso no me vuelve indolente, ni irresponsable, el preocuparme por el sustento y demás, también tiene algún valor, tal vez menos, a tus ojos visto, por tu entrega amorosa de madre, yo sé que para ti primero son tus hijos, yo ya me resigné a no estar entre tus prioridades, pero créeme, que me esfuerzo mucho para que no les falte nada; a ver hijo, presta acá la pierna para valorar la herida, mira que tu madre ya hizo la mejor curación ¿me permites que la lave con agua y con jabón?; sí, ya sé que volverá a dolerte, pero eso es una buena señal de que curará pronto y no se infectará.

La mujer un tanto arrepentida por tratar tan enérgicamente al marido, le dice: Eso hubieras hecho desde un principio y no quedarte callado, como si no te importara nada, además, el remedio que le puse al niño es efectivo, se lo aprendí a mi madre, ella hacía lo mismo conmigo y siempre sané.

No lo dudo mujer, pero, es importante lavar también la herida, dejémoslo así; por cierto, hay algo que he querido preguntarte de hace tiempo ¿Por qué se fué tu padre de la casa? Tengo entendido que era un hombre bueno. No lo sé, tal vez porque nunca le importó la familia. ¿Acaso no te protegía y se responsabilizaba de ustedes?

De eso no tengo queja, pero siempre escuché decir a mi madre, que todos los hombres son iguales, unos buenos para nada. Mira, el niño ya se durmió, llévalo a la cama y después te vas a la farmacia a comprar algo para el dolor, porque seguro que al despertar, se quejará de ello; después me ayudas con los quehaceres de la casa y terminando te vas de compras, si no mañana no tenderé para hacerte el lonche y me estarás reclamado como acostumbras.

Oye mujer ¿ya se te pasó el coraje? No que va, esto es de todos los días, pero ¿por qué lo preguntas? Estaba pensando ¿habrá un poquito de tiempo para que también cures mis heridas? Pero si tú no te has caído, que yo sepa no te duele nada. ¿Acaso alguna vez me has preguntado si me duele algo?

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