Rubén Rocha Moya le apostó a que el tiempo hiciera lo que su gobierno no pudo hacer: enfriar la crisis, bajar la presión y conseguir que la conversación cambiara de rumbo. Durante 69 días se mantuvo fuera del ojo público, sin explicaciones, sin enfrentar cuestionamientos y sin poner sobre la mesa una versión capaz de cerrar el capítulo más complicado de su carrera. El problema es que en política los silencios no apagan los incendios; solo hacen que el humo se acumule hasta que ya nadie puede hacer como que no se ve.
Su reaparición generó expectativa. Se esperaba que explicara dónde estuvo, qué hizo durante ese tiempo, por qué decidió mantenerse oculto y qué información podía ofrecer sobre las dudas que se habían acumulado alrededor de su ausencia. En lugar de eso, Rocha Moya aseguró que nunca abandonó Culiacán, negó contar con protección federal y afirmó que durante todo este tiempo colaboró con las autoridades mexicanas. Hasta ahí, su versión. Cada quien podrá creerle o no, pero lo que más llama la atención no estuvo en lo que quiso aclarar, sino en la forma en que decidió regresar. El gobernador habló de una campaña de calumnias, de imputaciones sin sustento, de una embestida mediática y de sectores de la ultraderecha interesados en dañarlo. También desmintió directamente a periodistas que informaron sobre su paradero y responsabilizó a medios y adversarios de construir una narrativa en su contra. En pocas palabras, después de 69 días de silencio, Rocha Moya regresó para decir que el problema no era su ausencia, sino quienes se atrevieron a hablar de ella. Hágame usted el favor.
Ese comportamiento tampoco es nuevo en la grilla. Cuando un político no logra controlar la crisis, intenta controlar la narrativa; cuando no puede responder todas las preguntas, cuestiona las intenciones de quienes las formulan; cuando los hechos pesan más, cambian el centro de la discusión y presentan al mensajero como el verdadero adversario. No se centran en explicar lo ocurrido, sino en convencer a la gente de que todo se trata de una campaña, una conspiración o un ataque perfectamente organizado en su contra. El problema para Rocha Moya es que la prensa no inventó los 69 días. Tampoco inventó el silencio, la falta de explicaciones ni la incertidumbre que rodeó a su persona durante ese periodo. Los periodistas hicieron lo que corresponde cuando un político desaparece en medio de una crisis: preguntar, investigar y tratar de encontrar respuestas. Pretender que la cobertura sea más grave que la ausencia es una manera cómoda de esquivar el fondo, pero difícilmente alcanza para modificar los hechos.
La percepción pesa, y la percepción que dejó la reaparición de Rocha Moya es que regresó más preocupado por defenderse de sus críticos que por ofrecer una explicación convincente a la gente. Pudo utilizar ese momento para cerrar filas, recuperar autoridad, reconocer errores y explicar con claridad lo ocurrido, pero decidió, en cambio, repartir culpas entre la prensa, la oposición y quienes, según él, participaron en una campaña para desacreditarlo. Los políticos casi siempre olvidan que la prensa no está obligada a guardar silencio para facilitarles el manejo de una crisis. Tampoco está para esperar pacientemente hasta que decidan cuál versión les resulta más conveniente. Si uno se ausenta durante más de dos meses, la especulación no nace de una conspiración, nace del vacío de información que él mismo dejó. Y los vacíos en política, siempre terminan siendo ocupados por versiones, rumores y a veces por filtraciones que obedecen a intereses de toda clase.
Después de tanto tiempo, Rocha Moya tenía la oportunidad de recuperar el control de la narrativa. Lo que hizo fue confirmar que sigue a la defensiva y que su estrategia será señalar a todos los que insistan en hacer preguntas.
Veredicto final
Según rocha Moya, la prensa, la oposición y la ultraderecha ya tienen su parte de culpa. Solo falta saber cuándo el asumirá la suya.